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Educar es todo

De 3 a 6 años

Historia de Jacobo

Jacobo es el mayor, pero aún necesita ayuda para vestirse. El médico a veces le llama la atención porque su madre aún tiene que recordarle que tiene que sonarse más a menudo o su asma no va a mejorar nunca. Su hermana Irene tiene 3 años y ya se maneja sola en todo. Es muy autónoma y no quiere que le ayuden nunca. En cambio, Jacobo a menudo pide ayuda y dice su frase más repetida: “yo no sé”.

Va a empezar primaria y está desanimado porque aún tarda un montón en atarse los cordones. Su madre se ha dado cuenta que nunca han dejado que lo intente solo, en general, le han sobreprotegido y han acabado haciéndolo por él.

  • “¿Quieres intentarlo?” pregunta la madre.
  • “No me sale”, responde Jacobo.
  • “Claro cielo, porque es difícil y nunca te hemos dejado hacerlo solo, a lo mejor no te sale a la primera, o a la décima, pero si no lo intentas nunca te va a salir ¿Probamos?“

Jacobo lo intenta, pero se rinde a los 30 segundos. Su madre no quiere agobiarle y le dice: “Jacobo, estoy convencida de que con práctica tú puedes, aunque yo estaré cerca por si me necesitas. Voy a la cocina un momento”. Cuando vuelve uno de los cordones estaba atado. “Jacobo, ¡lo has conseguido!, ¿estás contento?”, le pregunta su madre. Al principio se puso rojo, pero después, los dos han comprendido que ese sería el primero de muchos triunfos.

Puede ser cualquier actitud que cause en nosotros una sensación de frustración donde veamos que nuestros hijos no avanzan.

Si una persona no puede desarrollar o pasar por los procesos naturales de crecimiento y siempre ha habido alguien frenándolo o negándolo, poco a poco su autoestima y motivación se irán apagando. Esto es debido a que los sentimientos de capacidad son los que nos dan alas para querer seguir creciendo. Cada vez que un niño se supera a sí mismo, se sube al árbol que le daba miedo, habla con el niño que le daba vergüenza y consigue terminar la carrera, aunque sea el último, recibe un chute de autoestima y motivación para afrontar nuevos y más grandes retos. Quitarles experiencias sería como cortarles las alas.

Nuestros hijos se desmotivan cada vez que reciben de nosotros el mensaje: “tú no puedes”, sobre todo en estas épocas en las que aún somos sus ídolos. Está claro que no pronunciamos esas palabras, pero con nuestras actitudes sí lo hacemos. Y si no piensa: ¿Cuántas veces le has rescatado?, ¿Cuántas veces has hecho por ellos cosas que ya podrían hacer solos?, ¿Cuántas veces, por evitarles un pequeño malestar, les has ayudado?

Si entienden que en la familia ellos son incapaces, inútiles y no se sienten importantes o valiosos para el grupo, van a dejar de intentarlo. Nada es interesante porque no se sienten capaces de nada.

  • Revisar cuántas veces les comparamos con otros niños.
  • Recapacitar sobre cuántas veces hablamos de ellos estando delante para comentar algún problema que tienen.
  • Conocer cuántas veces les echamos un sermón mientras hacemos por ellos justo lo que les estábamos pidiendo que hicieran solos.
  • Averiguar cuántas veces les decimos cómo no se hacen las cosas y cuántas veces les enseñamos con paciencia y calma a hacerlas.
  • Revisar cuántas veces nos fijamos sólo en el resultado de las cosas y no en el proceso, en el esfuerzo, en todos los recursos que ha usado, en la ilusión que ha puesto.
  • Saber que el aprendizaje podría estar en cómo hemos llegado a conseguirlo, en las habilidades que hemos adquirido por el camino.

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