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Educar es todo

De 12 a 18 años

Historia de Nuria

Nuria vive con sus padres, pero los meses de julio se va a la casa de sus abuelos en el campo porque sus padres trabajan y no pueden atenderla. Al volver a buscarla el 1 de agosto su actitud se volvió muy agresiva, solo hablaba de forma irónica, a la defensiva e incluso insultando a sus padres. En un momento dado les soltó: “no quería volver a casa, ¿para qué venís a buscarme?”

Intentaron hablar con ella pero su actitud era demasiado hiriente, se reía de ellos, no les miraba… Al final hasta les dijo: “ me aburrís ¡dejadme en paz!”. Estaba haciendo sentir muy mal a sus padres y cuando intentaron hablar con ella al cabo de unos días, ella les gritó muy afectada: “¡os olvidasteis de apuntarme en las regatas!, ¡Me lo perdí todo por vuestra culpa!”.

Los había estado castigando por haber olvidado eso, parecía algo banal, pero para ella era muy importante. Todos los años competía con el equipo de su pueblo, pero este año sus padres estuvieron ocupados y se les pasó avisar. Días más tarde, cuando Nuria todavía seguía de mal humor, se enteraron que había tenido su primer novio y su primera ruptura ese verano, así que decidieron decirle que lo sabían y que estaban disponibles para hablar de lo que ella quisiera.

Pasaron dos día y Nuria apareció en el trabajo de su madre llorando a la hora del café.
“No estabas allí, mamá, lo pasé fatal”. Ahí estaba ese dolor enquistado que le había hecho castigarles. Se había sentido sola, no tanto por lo de las regatas, sino por no haber podido compartir aquel momento tan nuevo para ella con sus padres. Al notar su comprensión todo empezó a fluir.

La actitud de Nuria hacia sus padres es muy clara: les ignora y les hace sentir mal. Podría haber hecho cualquier cosa que les ofendiera o les hiciera sentir como se sentía ella. En un caso así, habiendo un error por parte de los padres, puede intensificarse su conducta punitiva si ella está acostumbrada a ser castigada por sus errores.
Cuando decidió abrirse con su madre, aunque desde la tristeza y no la rabia, de alguna manera también la castigó. No le dijo: “ me pasó esto”, sino que le dijo: “no estabas allí”. Es una forma muy humana, pero muy inadecuada, de gestionar el dolor inyectándolo en nuestro seres queridos para buscar empatía.

Seguramente ella ha pasado por algo así. Ante un error, en lugar de comprensión, ha recibido algún tipo de castigo y por eso, ahora ella hace lo mismo, castiga a sus padres.

Este es el peligro de los castigos. Los niños no aprenden a comportarse de forma adecuada, no toman mejores decisiones sobre sí mismos después de una experiencia que podría ser de aprendizaje. No aprenden habilidades sociales, aprenden a ganar, como antes alguien les ha ganado a ellos.

Sería un comienzo centrarnos en que nuestros hijos reciban apoyo y aliento para crecer de sus malas decisiones, en lugar de recibir reprimendas o castigos. Esto podría enseñarles que hacer sentir mal al que ha fallado, solo consigue que esa persona tenga un mal concepto de sí misma y no logre solucionar sus problemas solo. Se podrían desbloquear muchas situaciones que se estancan aprendiendo a decir: “me equivoqué” , “tenías razón”, “eso no lo había pensado antes” , “qué interesante, es nuevo para mí”.

De forma preventiva crecer en un entorno que aprende del error en lugar de castigarlo, que repara y se disculpa, en lugar de acatar un castigo sin responsabilizarse de sus actos, es sinónimo de crecer adquiriendo innumerables habilidades sociales para la vida. De esa forma, ante una situación complicada o dolorosa, buscarán apoyos y soluciones, en lugar de echar la culpa a los demás.

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