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37 años y en pañales

Tengo 37 años y me declaro que como madre estoy en pañales, pero con la misma ilusión y capacidad de asombro, aprendizaje de un bebé para asumir mi nuevo rol.

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Con el nacimiento del primer hijo, se produce nuestro nacimiento como madres o padres.  Sí. Ahh, el momento en que pusieron a Mariola, calentita, pegajosa encima de mí,  fue maravilloso. Se dispararon mil emociones y un único pensamiento: ¡YA SOY MAMÁ!  Así, en mayúsculas y negrita apareció en mi mente y de repente, llegó él. El miedo. Sí, miedo. Miedo a:  “¿y ahora cómo se hace? ¿Cómo voy a saber si la estoy educando bien, que le estoy dando lo necesario para que se convierta en una adulta autónoma, independiente y satisfecha? ¿Dónde está el manual?”. Respuesta: el silencio, la nada.  En el paritorio  nace tu hija y también naces tú  como madre. No hay preparación alguna previa pero tampoco nadie nos prepara para ser hija, cuñada, esposa, amiga…, así que hay que comenzar a tirar de tus recursos, los de tu pareja -si tienes- y dejarte guiar por tu sentido común y emociones. Veréis que no menciono a familia y amigos porque la responsabilidad de ser padres es únicamente tuya y de tu pareja -si es el caso-.

Mariola tiene ya 2 años y acabamos de tener otra hija. El miedo no me ha abandonado y es la emoción que me motiva a preguntar, a explorar foros donde encontrar conocimientos y compartir experiencias con otras madres y padres. Hace 2 años se abrió un camino lleno de dudas, creencias, exigencia social y autoexigencia. Y es aquí donde más he aprendido, la autoexigencia es uno de los males de los padres/madres de hoy en día. Todos compartimos el deseo de dar lo mejor a nuestro hijo pero con el ritmo de vida actual, las prisas, el estrés, el trabajo, los estereotipos de profesional de éxito, de felicidad, de ideal de padre o madre, de ideal de hijo… vivimos con un sentimiento de culpa constante por no estar alcanzando esos estándares o dedicando más tiempo a nuestros hijos, y queremos compensar. Compensar para que nos quieran y reducir la culpa. Compensar con que lleve el mejor disfraz, tenga la mejor fiesta de cumpleaños, sea el más listo, creativo (ahí llegan las mil actividades extracurriculares que luego nos encadenan más) y además, ¿cómo va a tener el más leve encontronazo, sufrimiento o aburrimiento? No, tienen que ser superfelices,  encima que nosotros no estamos tanto tiempo con ellos. Aquí despega el padre/madre helicóptero, sobreprotector, aparece el control y el deseo de dibujarles un entorno de cuento, así que nos cargamos con más estrés y si algo no sale como soñábamos, nos lo llevamos a qué mala madre o padre soy. ERROR.

Mis hijas me quieren porque soy su madre, porque juego, paso el máximo tiempo posible con ellas, reciben amor, apoyo y no tienen ni se plantean en su cabeza un ideal con quien compararme -veremos cuando sean adolescentes- ni cuánto “tiempo de calidad” es el óptimo. Lo más importante es que mis hijas tienen derecho a tener una madre imperfecta. A aprender que todos tenemos nuestras fortalezas y también somos vulnerables, que no pasa nada si me equivoco, si me enfado, si lloro, si no tengo todas las respuestas, que vean que me caigo y me levanto, y sobre todo que disfruto con ellas de nuestro viaje juntas.  Este es el mayor aprendizaje que pueden llevarse para no juzgarse más adelante ellas mismas en la vida.

Tengo 37 años y me declaro que como madre estoy en pañales, pero con la misma ilusión y capacidad de asombro, aprendizaje de un bebé para asumir mi nuevo rol.

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