Si fomentamos que nuestros hijos expresen sus sentimientos, les enviamos el mensaje de: “Te veo”, “Te escucho” y “Me preocupo por ti”, y que es apropiado hablar de emociones sin empañarlas de juicios y creencias preestablecidas.
Las emociones, sí o sí, forman parte de nosotros, no podemos ignorarlas e influyen en nosotros poderosamente. Si no les prestamos atención no podemos estar seguros de cómo van a influir en aquello que pensemos, digamos o hagamos, lo cual puede complicarnos la vida. Enseñemos a nuestros hijos desde pequeños a identificarlas, ponerles nombre y sobre todo a legitimarlas (permitir que transiten en nosotros y aprender a gestionar qué hacemos “que la emoción no tome las decisiones por nosotros”). Nos regalan una información valiosa sobre quiénes somos y qué necesidades tenemos. Por ejemplo:
“¿Cómo te sientes?” Pareces abatido, enfadado etc.. (según resulte apropiado)”. Esto les ayuda a poner nombre a lo que sienten y a establecer grados de intensidad.
“Cuando me siento triste, a mí a veces tampoco me apetece comer”. Aquí, empatizo y ayudo a que mi hijo identifique su emoción. Al no haber juicio le permito que explique si le ocurre otra cosa distinta.
“Por lo visto hay algo que te preocupa. No actúas como sueles hacerlo. Me gustaría hablar contigo de esto”.
“Cuando te veo hacer… sé que te pasa algo. A veces esa actitud quiere decir… pero no estoy seguro. ¿Tengo razón, o se trata de otra cosa?”. Cuesta resistirse a la tentación de creer que sabemos exactamente lo que le pasa y cómo se siente (“es mi hijo, ¿cómo no lo voy a saber?, además ¡yo también he sido niño!…”). No olvidemos que lo que siente “le pertenece a él” y es fácil caer en el “ya sé lo que te pasa” o “no deberías sentirte así porque yo….”. Lo que nuestro hijo va a agradecer más es que preguntemos sin apego a nuestra historia y sin juzgarle. Sólo sin juicio escucharemos su necesidad insatisfecha o lo que está pidiendo detrás de un comportamiento inadecuado o unas palabras inapropiadas.
Estar atentos a las “huellas dactilares” (cara colorada, ceño fruncido, temblor, patrón de respiración…) y enseñarles que las reconozcan nos llevará a conocerlos mejor y que ellos se conozcan también en mayor profundidad. Son “huellas dactilares” porque son únicas y es preciso reconocerlas mientras nuestro cuerpo nos las muestra, ayudando a que nuestros hijos tomen consciencia cuando esto ocurra.
Os recordamos que de educación emocional hablará la autora de cuentos infantiles Begoña Ibarrola el 4 de julio en Barcelona. ¡No faltes!
Imagen de portada: We’ll Forsake Our Ages and Pretend We Are Children. Brandon Warren/Flickr