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Meterse en líos parece muchas veces algo obligado durante la adolescencia. Cuando nuestros hijos o hijas adolescentes nos cuentan que la han liado parda, tal vez nuestro piloto automático quiera responder con un sermón o castigarlos un mes sin salir. ¿Es lo mejor? Veamos…

Diana tiene 14 años y ha quedado con sus amigos en el barrio en el que ellos viven. Su madre la lleva en coche y acuerda recogerla cuando ella la avise, probablemente cuatro horas después. Pero a las dos horas Diana llama a su madre, la policía les dice que sus padres tienen que ir a recogerlos porque no pueden estar en la zona en la que están, se han metido en una zona privada saltando una alambrada en la que figuraba un cartel en el que claramente se podía leer “Prohibido el paso”. Sara, la madre de Diana, va a recoger a la chica y se la encuentra en una zona en la que nunca pensó que su hija estaría: una especie de desguace cercado por una alambrada de pinchos. No puede ocultar su asombro, ¿cómo es posible que su hija, siempre tan sensata, haya saltado esa valla y esté en una zona prohibida por razones de seguridad? Pero se fija en su hija, al lado de la policía: está asustadísima, aliviada por fin de verla y claramente no parece pensar que esta travesura haya sido divertida ni querrá repetirla. Por la cabeza de Sara, mientras iba a la zona en la que está Diana, ha pasado la idea de castigarla sin salir, ha pasado la idea de abroncarla, pero ahora se da cuenta de lo importante que es que le haya contado lo que ha pasado (porque otros amigos no han llamado a sus padres) y que realmente el castigo o la bronca no tienen sentido porque la chica está claramente arrepentida. Así que decide no juzgar, no sermonear y simplemente preguntar con curiosidad qué ha pasado, qué piensa ella de lo que ha pasado, cómo se siente y qué decisiones va a tomar después de lo que ha pasado.

Como nos dijo Marina Escalona en su ponencia, “hace tiempo una madre me contó que había ido a las tres de la mañana a buscar a su hija con 15 años a las fiestas de Las Rozas. Su hija al meterse al coche le dijo: “Mamá, me lo he pasado que te cagas, me he morreado con tres”. En ese momento, dice Marina, la madre sintió el impulso de “sacar la receta de su madre para hablarle de la decencia”. Pero afortunadamente pensó que “la hija venía con una confianza, una inocencia, una generosidad a traer esa experiencia de vida y la madre sentía que tenía que estar a la altura”. Por eso la madre le comentó a Marina: “Me abrí a explorar esa vivencia y le pregunté cómo se había sentido, si más guapa o más sexy, y a preguntarle por qué necesitaba ese reconocimiento”.

Lo cierto es que, como señala Marina, si nuestros hijos o hijas adolescentes han tenido la confianza de contarnos algo suyo, y en especial algún error que han cometido y del que se arrepienten, tal vez tengamos que elegir con qué actitud acoger esa confianza de entrada: ¿Vamos a juzgar, sermonear y castigar nada más escucharlos, o vamos a cuidar y agradecer esa confianza escuchando sin juzgar, animar a reflexionar juntos y aprovechar para aprender de los errores sin herir a nuestros hijos?

Esto no significa, ni mucho menos, que animemos a nuestros hijos o hijas a liarla aún más parda la siguiente vez. Esto significa cuidar primero el vínculo y la confianza que nuestro hijo o hija ha depositado en nosotros y ayudarle, con esa confianza, a reflexionar sobre el error que ha cometido y sobre lo que hará la próxima vez. Tal vez si sermoneamos o castigamos de entrada conseguiremos, sin quererlo, que la próxima vez que nuestro hijo o hija se meta en líos no nos lo quiera contar. Y si esto ocurre, no podremos educar.

¿Qué podemos hacer para fomentar la confianza cuando nuestro hijo o hija la líe parda?

  1. No olvidar al adolescente que hay en ti. Seguro que si recuerdas esa etapa te darás cuenta de que tú también te metiste en líos, fuiste rebelde, exploraste zonas prohibidas y desafiaste las normas de tus padres. Y ten en cuenta que probablemente esta vez no sea la última en que tu adolescente la lía parda.
  2. Recordar la importancia de que tu hijo confíe en ti y agradecerlo. Si se rompe esa confianza, si tu hijo decide que no te va a volver a contar nada, que no puede confiar en ti, no podrás educar. Como nos decía María Soto, “no rompas el vínculo”: “Educar a nuestros hijos no debe en ningún caso romper o deteriorar la relación con ellos”.
  3. Escuchar sin juzgar, atender a sus emociones. Muchas veces nuestros hijos, tras meterse en problemas, se encuentran asustados, arrepentidos, confundidos… Es importante tener en cuenta esas emociones, porque les guiarán para aprender de este error.
  4. Ayudar a reflexionar desde la calma, teniendo bien presente que los errores son oportunidades de aprendizaje. Tal vez nos sintamos tentados de soltar un discurso, brindar las conclusiones y dictarle lo que tiene que hacer la próxima vez, pero ¿no es mejor que él o ella misma lleguen a sus propias conclusiones? Preguntarle qué ha pasado, cómo se siente y qué ha aprendido de esta situación para la próxima probablemente sea más positivo que decirle lo que tiene que hacer.

Seguro que ahora te sientes como decía Carles Capdevila: “Incluso cuando te dan una idea tienes ganas de tener un marrón en casa para aplicarla“. No te preocupes, ese marrón llegará antes o después si tienes un adolescente en casa 😉 .

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