Anna Morató: “La generación de cristal no nace por esos padres que trabajan la inteligencia emocional bien entendida”

La autora nos desmonta mitos como el de la generación de cristal y nos ayuda a afrontar los malos hábitos y lenguaje negativo que existen en nuestro entorno

¿A ser feliz se aprende? ¿Queremos que nuestros hijos sean felices o que sean capaces de buscar la felicidad sabiendo gestionar el resto de emociones? Esta y otras preguntas nos asaltan cuando abrimos los dos últimos cuentos que ha publicado la autora Anna Morató y que tienen un objetivo claro: el de transmitir a nuestros hijos la importancia de los valores y hábitos positivos como herramientas que puedan incorporar a su vida. Se trata de ‘De mayor quiero ser… feliz: la autoestima’ y ‘De mayor quiero ser… feliz: el lenguaje positivo’. Con ella hablamos sobre qué es lo que podemos hacer los padres para ayudar a nuestros hijos a trabajar estos aspectos cuando probablemente nosotros mismos hemos sido educados y criados de una forma completamente diferente.

 

1.Queremos que nuestros hijos sean felices… es el título de tus libros, pero también una aspiración nuestra, como padres. ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos?

Creo que no hay padre que no quiera eso pero, lo sean o no, es importante que sepan desde pequeños que va a depender de ellos, de cómo afronten las dificultades, de cómo se hablen a ellos mismos… claro que es importante tener alrededor herramientas que nos ayuden a ser felices, pero no hay que olvidar que hay una parte aleatoria de la vida que no controlamos.

En realidad es una carrera de fondo. Y en esa carrera encontramos los cuentos, pero lo más efectivo y al mismo tiempo difícil es que lo vean  en nosotros. Como adultos hemos de tender más a la solución que a pulsar el botón del pánico. Según lo vayamos incorporando a nuestra rutina cada vez será más fácil que lo interioricen.

 

2. Entonces tendríamos que pretender, en realidad, que nuestros hijos sepan gestionar todas las emociones, ¿no?

La palabra felicidad hay que definirla. Para mí no es solo estar contento cuando las cosas van bien, es algo puntual y fugaz. Es más un tema de un bienestar emocional en el que caben dificultades, retos, frustraciones y el ser capaz de gestionar eso, porque no es real una vida sin obstáculos. De hecho, pensar eso muchas veces nos limita. Habrá momentos complicados donde estaremos tristes, pero si sabemos gestionarlo emocionalmente sabremos salir mejor de ellos y entender que todos esos momentos son también parte de la vida.

Todas las emociones son necesarias, hay momentos puntuales de tristeza que tenemos que sentir y pasar, pero hay momentos en los que hay que actuar. Y es ahí donde decidimos trabajar el empoderamiento.

 

3. En tus libros intentas transmitir a los más pequeños cómo fomentar la autoestima y el lenguaje positivo. ¿Tan importantes son estos dos conceptos? 

Para mí son fundamentales y nunca es demasiado pronto para empezar. El de lenguaje positivo se centra en entender el poder de las palabras y cómo las que decidimos usar nos pueden hacer bien a nosotros y a los de nuestro alrededor, porque con ellas marcamos nuestra actitud y es la que nos hace avanzar o quedarnos estancados. Ahora se nos lanzan mensajes de que podemos conseguir todo lo que nos propongamos y ese lenguaje no es real. Por eso el cuento es una herramienta útil, pero no es una varita que haga desaparecer los problemas u obstáculos.

En cuanto a la autoestima la he centrado en cómo nos hablamos a nosotros mismos. Es importante desde pequeños y lo tenemos que tener en cuenta también los adultos. Si nos equivocamos, la voz interior no puede hablarnos mal porque no nos favorece el decirnos que somos unos inútiles, es mejor decirnos que vamos a seguir intentándolo y convertirlo en un hábito.

“Tenemos que aprender a trabajar nuestra voz interior para no nos hable mal cuando nos equivocamos”, Anna Morató

4. ¿Y si los padres no hemos conseguido trabajarlo con nosotros mismos? ¿Cómo revertimos esa situación para poder ayudar a nuestros hijos? 

Es un trabajo extra que tenemos que hacer. Está genial que cada vez más personas nos demos cuenta. Esto requiere invertir tiempo, formarse… hoy en día hay mucha información, pero creo que vale la pena que los padres inviertan en eso. Si para un trabajo nos formamos, qué mejor que hacerlo para trabajar por la educación de nuestros hijos. Es loable que los padres lo hagan, teniendo en cuenta además que no hay conciliación y que estamos desbordados casi todo el tiempo.

“La educación de nuestros hijos es como una planta, cuanto más trabajadas estén las raíces en casa más les ayudará a que cuando venga un viento tormentoso sepan gestionarlo”, Anna Morató

5. ¿Qué pasa si desde el entorno  escolar, de amistades, familiar, de redes sociales… nuestros hijos reciben mensajes opuestos, o escuchan palabras negativas que les minan la autoestima?  

Es muy complicado. Un entorno negativo hace mella. Es como una planta, cuanto más trabajadas están las raíces en casa y más interiorizadas las tengan, más les ayudará a que cuando venga un viento negativo tormentoso sepan aguantar y no hacer caso y dejarse influir. No es fácil porque hay mucho input negativo en muchos lugares. Los adultos, en muchos casos, no somos un buen ejemplo para los niños y niñas y les fallamos.

“Si existe una generación de cristal me atrevería a decir que no pertenece a los padres que trabajan la inteligencia emocional bien entendida, sino a los que hacen lo contrario”, Anna Morató

6. Muchas personas creen que estamos criando a una generación de cristal por aspectos como los que hemos comentado. ¿Es cierto? 

Ahí hay un error de concepto grande, la educación emocional y la generación de cristal son dos temas que se mezclan constantemente. La educación emocional bien entendida es sana, es gestionar la frustración, no dejar que los demás influyan, saber regularse… Lo de la generación de cristal tiene que ver más con esa permisividad que no viene por las emociones precisamente. Creo que la educación emocional te hace más fuerte, y la generación de cristal habla de personas que no están bien reguladas, que no tienen  inteligencia emocional.

Es cierto que puede haber una generación de cristal, pero si lo es tenemos que analizar el por qué, y apuesto a que ese por qué no es por una buena gestión emocional, al revés. Hay mucha gente aún que no lo trabaja. Y encontramos una persona sin límites que hace lo que quiere y le dan lo que quiere para que se calle. Ahí no aprende. Eso es otra cosa distinta a dejar que tu hijo exprese sus emociones sin llegar a darle todo lo que quiere.

Si existe esa generación de cristal me atrevería a decir que no pertenece a aquellos padres que trabajan la inteligencia emocional bien entendida, sino a los que hacen lo contrario. Porque sentir las emociones no es ni ser de cristal ni ser permisivo. Y cuando hablamos de que la disciplina positiva tiene fama de permisiva estamos mezclando conceptos. Creo de todos modos que las generalizaciones son peligrosas, porque al final se trata de una cuestión personal, no generacional.

 

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Lara Fernández

Periodista especializada en Educación y maestra de Educación infantil

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