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Becky Kennedy: “Creemos que si sabemos lo suficiente como padres reduciremos los riesgos con nuestros hijos, pero en realidad los hacemos más ansiosos”

Conocida por la revista Time como la psicóloga “que susurra a los padres millennials”, la doctora norteamericana Becky Kennedy tiene su propio modelo de educación, el método ‘Good inside’, que recoge en su último libro, ‘Educar sin miedo’

Para la psicóloga Becky Kennedy, que posee su propio método de crianza y educación, que la mayoría de niños son como una casa. Las hay que puedes entrar por la puerta principal. A otras, en cambio, has de acceder por la puerta trasera porque la principal te da con la puerta en las narices. A lo largo de esta charla nos explica qué quiere decir y, lo más importante, cómo podemos los padres aplicar este modelo de forma exitosa con nuestros hijos. ¿En qué consiste este método? ¿Es verdad que nuestros hijos son buenos o malos? ¿Hemos de decirles la verdad siempre? ¿Se puede aplicar con los adolescentes? Ella misma nos saca de dudas en esta entrevista.

Tu libro es ‘Good inside’, es decir, buenos por dentro. Si hablamos de buenos o malos al final acabamos por etiquetar a nuestros hijos…

No me gusta pensar con estas etiquetas de si es buen o mal niño. Nunca me han gustado porque siempre se asocian con un comportamiento que estamos observando. El enfoque que yo le doy no está asociado a estos comportamientos observables ni es un enfoque de ser bueno o malo por dentro. Realmente lo que trato de defender es que son niños que pueden estar pasando por un momento difícil y, como adulto, puedo ayudarle dándole las habilidades para que aprenda, pero no usar el castigo para ello.

 

¿Cómo podemos ayudar los padres a que nuestros hijos gestionen su frustración por ellos mismos?

Abogo por un cambio de marco, antes de centrarnos en estrategias, consejos, frases o guiones, es mucho más poderoso. Tenemos que plantearnos cuál es el objetivo, porque estos sentimientos nos van a acompañar durante toda la vida. El objetivo es aprender a tolerar estos sentimientos, no descartarlos ni eliminarlos.

¿Y qué puedo hacer como padre? Ayudarle a tolerarlo. Un día, por ejemplo, recojo a mi hijo y me cuenta que en el recreo nadie quiere jugar con él. Respuesta típica: ‘¿cómo que nadie? ¡pero si tienes muchos amigos, no entiendo!’. Este mensaje lo que transmite es ‘elimina cualquier sensación de frustración, tienes que sentirte bien’. Yo propongo responder esto otro: ‘Me alegro de que estés hablando de este tema, vaya faena que te pase esto, yo misma he intentado quedar a comer con amigas y al final me han dejado tirada…’.

Es decir, la idea es aplicar un mensaje distinto que empodere a los padres, no es que haya palabras correctas, sino que hay un cambio de perspectiva y nos podremos enfrentar a las situaciones de manera distinta. Una vez que entendamos e interpretemos esto encontraremos nuestras propias palabras que, como padres, serán las mejores.

El método de crianza que abanderas aboga por deconstruir los pilares tradicionales y educar de otro modo. ¿Es posible?  

Si, es posible tener un método totalmente distinto a cómo nuestros padres nos educaron a nosotros. Nosotros fuimos educados con unos enfoques muy limitados. Creo que está bien seguir los consejos de los libros de crianza, pero si no hay un trabajo real como padre en uno mismo, de autodescubrimiento y autodesarrollo, no va a haber realmente un enfoque adecuado según este método.

Con este enfoque los padres pueden entenderse mejor a sí mismos y trabajar en ellos como personas, ser más compasivos, aprender a poner límites… Por eso este enfoque es algo tan motivador, porque es eficaz, funciona y aúna estos dos pilares, el de la crianza y el del trabajo en nosotros mismos como padres, que van de la mano.

 

Cómo podemos empezar a aplicarlo los padres en nuestro día a día…

Pongo un ejemplo práctico: imagina que tenemos un niño de cuatro años que está jugando junto a su hermano de dos. Están jugando con unos bloques y de repente el de cuatro pega a su hermano porque quiere el bloque que tiene él y eso le frustra. Es un momento en el que yo, como padre, tengo que pensar que mi hijo de 4 años es un buen niño pasando por un mal momento y necesita mi ayuda, tanto él como el pequeño. Lo primero es mantener un entorno seguro, en ese momento mi frase sería “no te dejo” y le retiraría o le apartaría de su hermano. Pongo el límite y les separo.

Más adelante en otro momento calmado le enseñaría a construir la habilidad que le permita enfrentarse a ese sentimiento de frustración. Al mayor le trataría de explicar por qué se ha sentido así e intentaría reproducir esa situación para hacerle entender que a mí también me cuesta compartir. Estoy reconociendo su sentimiento y validándolo. Estoy sentada con él, dedicándole un poco de tiempo para que sepa que entiendo que compartir es difícil, pero que mi obligación como adulto es mantener su seguridad. Le diría “entiendo que te hayas sentido frustrado, la próxima vez puedes intentar hacer este movimiento”, y le enseñaría un movimiento que puede realizar cada vez que sienta eso.

¿Y esto significa que automáticamente actuará así la próxima vez? No necesariamente, pero estamos reduciendo la probabilidad de que vuelva a ocurrir.

Nosotros solíamos tener contacto visual con nuestros padres y mirarles a la cara. Ahora, en medio de nosotros siempre está el móvil

¿Los padres milennials tenemos retos distintos a los de nuestros padres?

Creo que la crianza siempre ha sido muy difícil, pero hoy en día hablamos de generaciones que hablan abiertamente de lo difícil que es y están tratando de hacer malabarismos porque crían mientras tratan de entenderse mejor a sí mismos sin recursos ni apoyo. Eso es un desafío. Quizá pensando en las diferencias en mi relación con mis padres con respecto a mi relación con mis hijos creo que lo que más destaca es lo que tiene que ver con las nuevas tecnologías y los móviles. Antes si yo estaba en mi casa con mis padres y mi padre quería desconectar un poco de estar conmigo, la única distracción que tenía al alcance era el periódico. Nosotros ahora tenemos el móvil muy cerca y en cualquier momento podemos desconectar. Es muy fácil distraerse y los niños lo que más necesitan es conexión con nosotros como padres y nuestra plena atención.

Yo misma peco porque con mis hijos muy a menudo el móvil está presente y no es nada fácil, pero hay que entender que cuanta mayor desconexión con nuestros hijos, peor se van a comportar.

No tengo la clave de estos nuevos desafíos, pero sí conozco la diferencia con respecto a nuestros padres. Nosotros solíamos tener contacto visual con nuestros padres y mirarles a la cara más a menudo que ahora, que en medio de nosotros está siempre el móvil.

 

Dices siempre que ‘nunca es demasiado tarde’. ¿También podemos aplicarlo a los adolescentes? 

Efectivamente, creo firmemente en ese principio, se puede aplicar incluso con personas mayores, abuelos, hijos adultos, nosotros mismos… solo hemos de pensar en cómo nos sentiríamos nosotros si nuestros padres nos llamaran un día y se disculparan por sus errores cometidos en el pasado.

Con los adolescentes el enfoque es el mismo, quizá podríamos iniciar una conversación con ellos como punto de partida. Les diríamos ‘entiendo que hay muchas razones por las que estamos en una situación complicada, me gustaría tener un enfoque distinto y escucharte. Prometo no juzgarte ni replicarte, si quieres cuéntame en qué momento te has sentido mal con mis palabras o acciones’. Así podríamos empezar a cambiar las cosas.

 

¿Por eso también debemos enseñar a los niños a ser resilientes?

La resiliencia es nuestra capacidad para tolerar la adversidad o momentos difíciles y considero que es fundamental para los niños que serán adultos y se enfrentarán a ellas. Si ven que yo soy capaz de tolerar la frustración ellos lo serán también. En ese sentido considero que las situaciones difíciles han de aprovecharse como una oportunidad de enseñanza y así tendremos a niños resilientes que de adultos tendrán más herramientas para enfrentarse a ella.

Los niños son como una casa. Con la mayoría entras por la puerta principal. Pero con los niños altamente sensibles la puerta principal te da en las narices y tienes que entrar por la trasera

No te olvidas de los niños altamente sensibles. ¿Implica un trabajo extra para esos padres?

Yo prefiero hablar de niños con sentimientos profundos o que sienten de manera profunda o intensa. Si pensamos en cómo experimentan el mundo me gusta pensar que son más porosos, es decir, que sienten de forma más intensa y al ser porosos también se desbordan hacia fuera. Son niños más vulnerables e hiperconscientes, hipervigilantes. Mi consejo es que si tienes un hijo hipersensible mi libro no te va a ayudar, porque tienes que buscar herramientas específicas para padres con niños sensibles, como talleres concretos.

Estoy convencida de que cambiará la vida de muchas familias. Y si no es así yo devuelvo el dinero. He trabajado mucho con adultos que de niños eran así y se consideran personas complicadas, a las que no se las ha entendido bien.

Por poner un ejemplo, un niño puede ser como una casa. Con la mayoría de los niños entras en la casa por la puerta principal, pero en este caso la puerta principal te da con la puerta en las narices. Porque se sienten solos fácilmente. Hay que respetar eso y dejarles sentirse en su mundo, pero con cuidado, porque su mayor miedo es sentirse abandonados o sentir que se les deja de lado.

Mi idea es entrar con estos niños por la puerta trasera de la casa. Es un enfoque específico, único, que nos permite entenderles mejor y ayudarles mejor, son estrategias distintas. Y yo siempre quiero aportar esperanza y optimismo para los padres.

 

Claro, ese es otro reto, porque en plena era de la sobreprotección, ¿cómo podemos superar los padres ese miedo de no respetar ese espacio, que al final nos lleva a ser ‘padres helicóptero’?

Vivimos en la era de la información, consultamos cualquier tipo de fuentes, encontramos millones de consejos y eso nos hace pensar que podemos tener cierta seguridad en los conocimientos a los que accedemos. Realmente esto nos lleva a pensar que si sabemos lo suficiente como padre o madre podemos reducir o eliminar el riesgo para nuestros hijos, pero en realidad a lo que nos lleva es a que sean niños más ansiosos porque tendemos a sobreprotegerlos.

¿Cómo lo cambiamos? no sería solo una cuestión de crianza, sino una cuestión relacionada con nosotros mismos como padres. Hemos de reflexionar sobre nosotros, conocernos mejor para poder abordar estas limitaciones. Por ejemplo, un padre que siente ansiedad y no quiere transmitirle esa ansiedad ha de trabajar en qué puede hacer como padre para minimizar esa ansiedad, el trabajo que tenemos que hacer es ese, esa es la clave. Centrarnos en nuestra propia salud mental.

 

Y no maquillarles la verdad para q no sufran, ¿cierto?

Soy una gran defensora de la verdad. Muchas veces tendemos a maquillarla, pero con ese maquillaje estamos haciendo más daño de lo que somos conscientes. Los niños necesitan información y la quieren. De hecho, el mayor miedo de un niño se podría reducir a sentirse solo, a no tener información, a no recibir una narrativa con sentido por parte de sus padres.

Por eso ‘Good inside’ es un marco poderoso, porque empodera a los padres. En el caso por ejemplo de una muerte es mejor no utilizar determinados eufemismos. Hay que establecer una comunicación respetuosa con el niño.

 

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Hoy seremos nosotros quienes te demos las gracias por confiar en nuestro trabajo. Mañana serán tus hijos quienes te agradezcan haberte formado en tu labor educativa y haber pensado en ell@s.

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Lara Fernández

Lara Fernández

Periodista especializada en Educación y maestra de Educación infantil
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