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Aún recuerdo mis primeros pasos en el mundo del Coaching y el desarrollo personal, cuando asistía a las clases para certificarme como Coach Ejecutivo. Siendo cierto que, en un primer momento, mi intención era puramente profesional, aprender nuevas herramientas a aplicar en mi empresa para que los empleados pudieran desarrollarse, esta disciplina enseguida se apoderó de mí en el mejor de los sentidos. El objetivo profesional se vio ampliamente cumplido, y la gran sorpresa fue que el Coaching cambió mi perspectiva de pensar, de sentir y actuar. Me atrevo a decir incluso, que cambió mi perspectiva para con el mundo. Vivir desde el Coaching me ha permitido, no solo adquirir un profundo conocimiento a nivel individual, sino mejorar mis relaciones a todos los niveles, y en especial con mi familia.

Antes de continuar, y por si no estás familiarizado con el término Coaching, permíteme que comparta contigo una definición, de las muchas que hay: “Coaching es un proceso de aprendizaje y desarrollo en el que, usando la conversación, el Coach acompaña al Coachee a alcanzar sus objetivos”. En el Coaching, el camino seguido durante el proceso es lo que marca realmente la diferencia de los resultados obtenidos. El Coaching genera espacios para la observación, la reflexión y la toma de decisiones desde perspectivas antes nunca exploradas, y permiten a las personas que los transitan, alcanzar sus metas de manera excepcional.

Y llegados a este punto, te podrás preguntar, ¿qué hace Adriana contándome su historia con el mundo del Coaching? He pensado, que quizás pueda servirte de ayuda mi experiencia con esta disciplina, como guía para revisar la relación que mantienes actualmente con tu hijo. Y digo revisar, porque a veces siento cierta presión por el hecho de “dar recetas” a los demás, como si lo que uno ya hiciera sirviese de poco, o de nada. Y no es así. En Coaching hay una máxima: “sólo el cliente tiene su verdad, y en su interior residen las respuestas que él necesita para alcanzar su meta”. Dicho lo cual, te animo a que cuestiones todo lo que vas a leer a continuación, y hagas solo tuyo, y con los matices que necesites, aquello que te resuene y que pienses si, en eso que digo, hay algo que te puede ayudar a mejorar la relación con tu hijo. Comenzamos.

Piensa en la relación con tu hijo actualmente, ¿cómo es?, ¿estás conforme? ¿hay algo que cambiarías? ¿por dónde empezarías?

La escucha como base para cultivar relaciones eficaces

 

Como te decía, cuando uno estudia para certificarse como Coach, invierte muchas horas en aprender a escuchar al otro. Yo, particularmente, tomé a mis hijos como “conejillos de indias”, y fue entonces cuando tras muchas horas de práctica, aprendí a escuchar desde otro lugar. Porque si te pregunto si escuchas a tus hijos, tu respuesta será afirmativa, pero si te pregunto, cómo escuchas a tus hijos, las respuestas pueden ser muy variadas. No entraré a describir los distintos tipos de escucha que existen, pero lo que te muestro a continuación, son pautas para tener una escucha activa.

En primer lugar, y por muy obvio que parezca, hay que aprender a estar en silencio. En silencio no solo físico, sino también a nivel cognitivo (de pensamientos). Para hacer una escucha activa, es necesario “apagar nuestra radio”, con todos los prejuicios que tenemos sobre nuestro hijo, y todos los juicios que nos vienen a la mente cada vez nos relacionamos con él. Porque si no conseguimos tener la mente limpia, no podremos escuchar lo que nos quiere decir nuestro hijo realmente, y lo que quiere y no sabe cómo hacerlo. El silencio es el espacio que le damos a nuestro hijo para que él mismo reflexione sobre lo que le ha pasado. Y si ocupamos ese espacio, perderá la oportunidad de pensar por sí mismo.

Otro pilar importante para que la escucha funcione, es generar el clima adecuado. Para escuchar a nuestro hijo de manera eficaz y efectiva, focaliza toda tu atención en él, manteniendo el contacto visual siempre que sea posible, dejando los dispositivos electrónicos fuera de la conversación, mostrando un interés genuino (por poco que te interese lo que le estás contando), trata de imitar su lenguaje no verbal (con ello le darás muestras de que están en su “onda”), respeta y acepta lo que diga (aunque no compartas su mensaje, debes hacerle ver que respetas su opinión), minimiza las interrupciones y recuerda que en ese momento estás para él, ¡practica el silencio!.

Gestionando sus emociones y las mías propias

 No me cansaré de decir la importancia que tiene que los padres validemos las emociones de nuestros hijos para generar buenas relaciones con ellos. Y sí, aunque sea el enfado, la tristeza o el miedo. Es importante que entiendas, que cuando sentimos una emoción, sea cuál sea, es imposible dar marcha atrás. La emoción aparece en respuesta a un estímulo interno o externo, y nuestro cuerpo y mente reaccionan en consecuencia. Por lo tanto, cuando dices frases como “no te enfades”, “no tengas miedo”, o “no estés triste”, los mensajes que le trasladas a tu hijo son “no te valido tu emoción, la emoción que sientes es mala, no escucho tus necesidades, estas emociones no sirven para nada…”. Las emociones nos informan de si estamos satisfaciendo o frustrando nuestras metas o necesidades. Es muy importante no negarlas, y para ello, el primer paso de una buena gestión emocional es reconocer, aceptar y gestionar la emoción. Y tú, ¿reconoces, aceptas y sabes gestionar tus emociones de manera adecuada? Este es el primer paso para que tu hijo aprenda a hacerlo, que el espejo donde se mire, tú, tenga su inteligencia emocional desarrollada.

 El validar la emoción de nuestro hijo no implica que siempre aceptemos su conducta. Podemos no estar de acuerdo con lo que haya hecho, y lo que tenemos que hacer, es ayudarle a regular su conducta. Y digo a regular y no a controlar su emoción, porque recuerda que cuando la emoción ya se ha sentido, no hay marcha atrás. ¿Cómo regulamos? Una manera es atendiendo a los pensamientos de nuestros hijos ante un determinado acontecimiento. Los pensamientos generan el sentimiento, por lo que, si somos capaces de modificarlos, podremos cambiar nuestros sentimientos. Te animo a indagar en los pensamientos que tiene tu hijo ante determinados acontecimientos, si le producen sentimientos improductivos. Puedes ayudarle a revisar qué piensa, para qué lo piensa, qué impacto tiene, o qué otra cosa puede pensar que le ayude a alcanzar su objetivo.

No podemos cambiar nuestras emociones, pero sí nuestros pensamientos, y por lo tanto nuestros sentimientos, y en consecuencia cómo actuamos.

 

Las preguntas poderosas como estrategia de comunicación

Una vez, alguien dijo que el Coaching es el arte de conversar mediante preguntas poderosas. Las preguntas poderosas son una herramienta que podrás utilizar en las conversaciones con tu hijo para enfocarte en el futuro y hacer de canalizador para que aprenda.  Para que una pregunta sea poderosa, tiene que poner en marcha el cerebro de tu hijo, sin activar su sistema de defensa (valida su emoción, y hazle ver que le entiendes, no le enjuicies, cree en él). Este tipo de preguntas genera pensamientos que normalmente no están presentes y se crea una transformación en tu hijo a través de la palabra. Tu hijo se moviliza. Si una pregunta pone en marcha el cerebro del hijo y también su mecanismo de defensa, esa pregunta no es poderosa ya que tu hijo la recibe como un juicio o ataque. Deben ser abiertas, es decir, que la respuesta no sea formato sí/no.

Si en las preguntas utilizamos mucho el “por qué”, puede percibirse como un ataque. El “por qué” te incita a la justificación, al pasado. Sin embargo, si preguntas con “qué”, “cómo”, “cuándo”, “para qué”, invitarás a tu hijo a mirar al futuro, y a reflexionar por sí solo.

Desde que pongo en práctica las preguntas poderosas, no solo con mis clientes, sino con mis hijos, muchas veces recibo la frase: “mamá, ya estás otra vez con tus preguntitas, ¡deja de hacerme Coaching!”. Sí, las preguntas poderosas incomodan, y a los niños no suelen gustarle porque les hace pensar, les lleva más tiempo, a veces les das dónde les duele y se hacen conscientes, pero si aceptas lo anterior como camino de vida, puedes hacerles un regalo cada vez que les preguntes de este modo, porque les estarás empoderando para que se hagan líderes de sus propias vidas.

Para terminar, me gustaría que te llevases algunas reflexiones, porque como dije al principio, en Coaching las respuestas las aporta el cliente, y tú, como padre/madre, tienes tus propias respuestas. Te invito a bucear en las siguientes cuestiones para que te orienten hacia la meta que te hayas puesto al principio de leer este artículo.

 

  • ¿Qué consideras que haces bien con tu hijo para tener una buena relación?
  • ¿Qué te gustaría mejorar en esa relación?, ¿Por dónde te gustaría empezar?
  • ¿Necesitas hacer alguna petición a tu hijo para que él también ponga de su parte?
  • ¿Qué te impide tener una escucha activa? ¿Qué vas a poner en marcha para tenerla?
  • ¿Cómo juzgas a tu hijo? ¿Qué consecuencias tiene?
  • ¿Muestras interés por “todo” lo que te cuenta? ¿Cómo se lo demuestras?
  • ¿Validas las emociones de tu hijo? ¿Y las tuyas?
  • ¿Cómo son las preguntas a tu hijo? ¿Miran al pasado o al futuro? ¿Son abiertas o cerradas?

Y ahora, ¿tienes alguna clave nueva para responder a la pregunta ¿cómo es la relación con tu hijo, y qué vas a hacer para que mejore?

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