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Escenas educativas vol. 9: “Mi hija me enseña a patinar”

Yaiza nos cuenta cómo su hija Paz, de 5 años, se empeñó en patinar y en enseñarle a su madre a pesar de las muchas caídas y del miedo paralizante de su madre, que estuvo a punto de prohibirle realizar esta actividad.
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Hoy Yaiza nos cuenta cómo gracias a su hija Paz ha aprendido a patinar, algo que le daba tanto miedo que incluso en un primer momento pensó no permitirle a Paz hacerlo. Y es que con nuestros hijos podemos aprender mucho y crecer mucho. Si quieres compartir tu historia, escribe a autores@gestionandohijos.com. 

Mi hija Paz tiene 5 años. La pasada primavera coincidimos con una amiga suya en un parque. Su amiga, Lola, estaba patinando con unos patines en línea y se estaba divirtiendo de lo lindo. Lola, que es muy generosa, le dijo a Paz que si quería probarse los patines. A mí me daba bastante miedo, la verdad. Nunca antes había patinado, pero es que yo tampoco. No soy muy deportista, porque me encuentro en las antípodas de una persona muy ágil, y la verdad es que nunca había promovido los deportes en mi hija. Pero Paz no lo dudó: se calzó los patines de su amiga y se puso las protecciones y en cuanto se movió un poco se cayó cuan larga era en el suelo. Yo me llevé un susto tremendo y ella lloró bastante, así que le dije:

Paz, quítate los patines y devuélveselos a Lola, que si no te vas a caer otra vez.

Pero, a pesar de su nombre, mi hija es muy guerrera, de modo que se levantó y se puso otra vez a patinar, sufriendo caídas aparatosas cada 30 segundos, sin exagerar.

A pesar de que le dolía y lloraba en el momento, Paz no quiso quitarse los patines y patinaba feliz, pero reconozco que esto yo no lo vi. Solo pensé que no quería forzar a quitarse los patines a Paz delante de la madre de Lola, que podría ser descortés, pero que no volvería a subirse a unos patines, porque se caía todo el rato. Hasta que la madre de Lola dijo una frase fatídica: “Lola va a clases de patinaje en el cole. Seguro que te gustaría ir, Paz, porque se lo pasan genial”. Me habría gustado que alguien me fotografiara la cara de furia contenida y disgusto que debí de poner, mirando a otro lado para que la madre no me viera, porque soy como un libro abierto. Paz, claro, estaba entusiasmada con la idea y me pedía delante de ellas insistentemente: “¡Mami, apúntame, por favor, por favor, apúntame!”.

No sé cómo pude esquivar la insistencia de mi hija, pero cuando llegué a casa y Paz se duchó vi moratones en las rodillas, en el trasero y las manos raspadas a pesar de las protecciones. No me hizo falta pensar más, pero lo hablé con mi marido y juntos decidimos no apuntarla a patinaje, porque si con apenas treinta minutos había acabado con golpes y heridas por todo el cuerpo, ¿qué podría pasar si iba a clase dos veces a la semana? Intentamos convencerla de ir a nadar esos días, una actividad que también le gustaba pero que a mí me daba enorme pereza. Casi estuve a punto de convencerla, pero ni por esas. Paz no se iba a rendir. De modo que hablé con mi hermano Ángel, que es un gran patinador, y le pedí que diera clases de patinaje a la niña antes de apuntarla en el cole. Y, la verdad, fue todo un acierto. La niña estaba feliz, cada vez con más soltura y, otra cosa buena, ¡de la mano de mi hermano no se caía! Una de las tardes que estaba patinando con su tío ya con mucho dominio, mi hija me invitó a patinar con ella. Debí de poner una cara de miedo tremenda, porque me dijo: “Venga, mami, que yo te agarro y así no te caes”. Paz no me dejó en paz hasta que me puse los patines de mi hermano y empecé a patinar con ella. Por supuesto que me caí muchas veces, pero fue enormemente divertido, me sentí feliz de haber superado un reto y un miedo, con una gratitud inmensa a mi hermano y a Paz y pensé: “¿Cómo es que he querido negar a mi hija esta maravillosa sensación?”.   


Imagen: Pinkish con amor de fondo. Fuente: CPGXK /Flickr

 

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