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7 errores que impiden a nuestros hijos ser autodidactas

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El autodidactismo es una de las actitudes que más va a ayudar a nuestros hijos a convertirse en buenos estudiantes. Ha sido siempre una habilidad fundamental, pero ahora cobra una importancia mayor debido al contexto en el que se mueven nuestros hijos. Un contexto influido por estas dos variables: 

  • La pandemia ha puesto en evidencia la necesidad de enseñarles que el aprendizaje no se limita al ámbito escolar, sino que es un acto de desarrollo personal que deben trabajar con responsabilidad, sea donde sea, se encuentren en un centro escolar o en casa, tengan la compañía y el apoyo de un docente o no. 
  • Hay estudios que dicen que el 60% de los niños que están actualmente en el colegio trabajarán en profesiones que aún no existen. Es obvio que vivimos en una sociedad cambiante, que nos obliga a actualizarnos, reciclarnos continuamente. Y esto requiere un perfil de alumnos diferentes, alumnos muy autónomos, con una alta motivación y con gran capacidad de aprender. 

El autodidactismo es mucho más que un niño cogiendo un libro y aprendiendo solo, detrás de un alumno autodidacta hay unas capacidades que no son innatas, sino que ha ido aprendiendo de sus adultos de referencia: madres, padres y docentes. 

Por tanto, somos los adultos los que tenemos un papel fundamental a la hora de conseguir que un niño desarrolle esta habilidad tan importante. Y en esta misión conviene tener muy claros esos errores que, sin darnos cuenta, cometemos a menudo. Antonio Campoy, Director de Coordinación del método Kumon España nos ayudan a repasarlos: 

  1. Fijar nuestra atención en lo que hace mal, y no en lo que hace bien. 

¿Cuántas veces, cuando estamos delante de un niño que está haciendo algo, mejor dicho, aprendiendo a hacer algo, nos fijamos más en lo que hace mal que en lo que hace bien? Antonio Campoy, Director de Coordinación de Kumon España nos pone este ejemplo: “El otro día una niña estaba haciendo sus deberes de matemáticas y estaba intentando sumar de la forma en la que le habían enseñado en el cole a hacerlo. De pronto se dio cuenta que si anteriormente había sumado 3+3 y le había dado 6, y ahora tenía que sumar 3+4, solo tenía que sumar 1 al 6. Y así lo hizo. Esto es maravilloso, pero los adultos a menudo no lo vemos así. Como nos es lo que esperábamos que hiciera, no valoramos la capacidad de relación que ha desarrollado”. Sería bueno cambiar esta perspectiva. Valorar lo que hacen bien hará que se sientan motivados y que quieran seguir aprendiendo. Algo fundamental para desarrollar una actitud autodidacta. 

  1. Apoyarnos en la motivación externa 

Cuando se habla de educación, aparece con frecuencia la palabra motivación, casi como un sinónimo: “hay que motivar a los niños y niñas para que aprendan”, “los profesores tienen que tener sus alumnos motivados”, etc. Incluso desde la ciencia parece haber un consenso sobre la importancia de este elemento para el aprendizaje: El cerebro parece funcionar mejor y retener por más tiempo un aprendizaje adquirido con emoción y motivación. Bien. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de motivación? ¿Es lo mismo que “nos motiven” a que “nos sintamos motivados”? 

Es esencial diferenciar los tipos de motivaciones que existen. La motivación externa viene desde fuera y busca incentivar un comportamiento o acción mediante refuerzos positivos. En esta línea se encuentran los premios de todo tipo, desde los gomets o caritas ante un trabajo “bien hecho”, hasta las piruletas o regalos más grandes al terminar una tarea, generalmente asignada por el adulto. La premisa de este tipo de motivación es que las personas, en general, necesitamos estímulos desde fuera para realizar toda actividad, siendo el rol del adulto mantener esa dinámica constantemente en marcha. 

El otro tipo de motivación es la motivación interna, aquella que se refiere a una búsqueda que parte desde adentro para realizar una tarea por la misma satisfacción de hacerla, por la conquista que implica y por el resultado obtenido o el disfrute del proceso. Esto supone la confianza en el impulso vital de cada persona, en su iniciativa y deseo de aportar y de realizarse. En este caso, el rol del adulto sería crear entornos que favorezcan esa conexión interna y la ejecución de las actividades espontáneas que surgen del niño y la niña. 

Son diversos los estudios que muestran cómo la motivación externa disminuye la motivación interna, en vez de aumentarla o sumarse a esta. Aunque seguramente haya muchos matices por hacer en este tema, los resultados de estos estudios sí deben servirnos para reflexionar sobre los efectos de utilizar constantemente el refuerzo exterior de los premios y elogios para lograr que los niños realicen sus tareas. Este tipo de intervención no sólo pierde efecto rápidamente, sino que genera una dependencia de los niños y niñas hacia la aprobación del adulto y, más grave aún, les enseña que no son capaces por ellos mismos de tener intereses propios y recursos para desarrollarlos. 

Por tanto, evitemos premiar o castigar en exceso por los buenos o malos resultados en las notas, pues acabarán perjudicando a la motivación interna de nuestros hijos. Y, como nos recuerda Antonio Campoy: “el mayor chute de motivación viene después de haber conseguido hacer algo por nosotros mismos”, lo que de nuevo nos lleva al autodidactismo. 

  1. No observar sus emociones ni hacer autocrítica

¿Cómo se siente un niño que ha superado un reto por sí mismo? ¿Por qué se aburre haciendo determinadas tareas? ¿Cómo se sienten cuando les corregimos? ¿Nuestra corrección le motiva o le frustra? Estas son preguntas que Antonio Campoy nos invita a hacernos y a responder observando a nuestros hijos y alumnos. Si observamos sus reacciones ante nuestros actos, podemos descifrar si estamos siendo el guía que necesitan o si necesitamos cambiar nuestra forma de guiarles. 

  1. Centrarnos en corregir

“Educar es guiar, acompañar, estimular, no corregir”, nos recuerda Antonio Campoy. A menudo, los adultos, basamos nuestra interrelación con nuestros hijos en corregir aquello que hacen “mal”, sin tener en cuenta que la corrección continua puede acabar mermando la autoestima de nuestros hijos e impidiendo que hagan cosas por miedo a hacerlas mal. Educar es más un ejercicio de acompañamiento. Nuestros hijos están aprendiendo, el error forma parte del camino, del aprendizaje. Cuidado con cómo nos tomamos el error porque puede acabar mermando la motivación de nuestros hijos y, en consecuencia, su habilidad autodidacta. Por tanto, “Confianza. Confiemos en sus capacidades”, nos dice Antonio. Algo que también nos decía Alberto Soler en una entrevista: “La confianza es la base para el crecimiento. Confiemos en la capacidad que ellos tienen a nivel físico, a nivel emocional, a nivel cognitivo… Porque si no lo que estamos haciendo es limitar su autonomía y bajar su autoestima”. El conocido psicólogo quiso advertirnos contra la creciente alergia a cometer errores que se respira en nuestra sociedad. Por eso, nos invita a transmitir a nuestros hijos que “de cada error van a sacar un aprendizaje nuevo. Tenemos que confiar más en su capacidad de resiliencia, de sobreponerse a sus errores” 

  1. Impaciencia

Cada niño tiene un ritmo de aprendizaje. El papel de los adultos es respetar ese ritmo. No son ellos los que tienen que aprender al ritmo que nosotros queremos que aprendan, somos nosotros los que debemos respetar sus tiempos, adaptándonos a ellos y siendo pacientes. 

A menudo vemos en los parques a madres y padres alardeando de los hitos de sus hijos: “mi hijo anduvo con 7 meses. El mío se quitó el pañal con 3”. Estos hitos siguen presentes a medida que nuestros hijos van creciendo, y llegan al terreno de los estudios. Como nos dicen desde Kumon: “Esta actitud da lugar a la comparación. Y  en el proceso de aprendizaje de un niño es fundamental no compararle con nadie ni instarles a esforzarse para satisfacer a quien espera algo de ellos, sino a satisfacerse a sí mismos. Cuando a quien superas es a tus propios límites el sentimiento de felicidad es insuperable”. 

  1. Proponerles retos que no se ajusten a sus capacidades

Imagínate que te ponen a hacer un ejercicio de matemáticas que se escapa totalmente a los conocimientos que tienes en ese momento. Seguramente no podrás resolverlo y te frustrarás. Volvamos a imaginar, esta vez imagina que te ponen un ejercicio de matemáticas muy muy sencillo, muy por debajo de tus capacidades. Cuando hayas hecho tres iguales, sin un motivo o reto adecuado, te aburrirás y no supondrá ninguna motivación para ti enfrentarte a dicha tarea. En realidad, nuestros hijos tienen ganas de desafiarse y ponerse retos, nuestro papel es más bien proporcionarles experiencias exigentes que les permitan sacar su mejor versión, experiencias ajustadas a sus capacidades, ni por debajo, ni por encima. 

  1. Generar expectativas

Como apuntaban Pedro García Aguado y Francisco Castaño en esta interesante ponencia, “tenemos que educar al hijo que tenemos, no al que nos gustaría tener “. Y aquí entran en juego nuestras expectativas, las expectativas que muchas veces ponemos sobre ellos y que, al final, solo consiguen limitar su desarrollo y generar tanto en ellos como en nosotros frustración. 

Como nos dice Antonio Campoy, “tenemos que dejarnos sorprender por la manera que tienen de aprender nuestros hijos, que muy posiblemente sea diferente a cómo habíamos imaginado. Tenemos que estar abiertos a que nuestros hijos nos sorprendan, como hizo la niña que su de una forma diferente a la que nosotros le habíamos enseñado, demostrando su capacidad de relación”. 

Si te ha sido de utilidad este artículo, no te pierdas este vídeo de Antonio Campoy. 

Cómo motivar el autodidactismo, por Antonio Campoy 

 

María Dotor

María Dotor

Periodista
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