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Queridos padres y madres,

Empecemos recordando algo fundamental, que a menudo se nos pasa por alto. La expectativa de ser la madre perfecta o el padre perfecto, simplemente… no es realista. Si me llego a sentir así… ¡estupendo! Sin embargo, lo más probable es que en muchos momentos sienta confusión e inseguridad en mi papel parental.

Este “¡Está bien!” en ningún caso implica obligarme a ver arcoiris de colores donde no los hay. Tampoco significa que porque otros padres y madres vivan su parentalidad de una forma más optimista, autosatisfactoria o relajada que yo, debería asumir a la fuerza esa visión para evitar cualquier remordimiento asociado con la etiqueta de «mala madre» o «mal padre». Pero, este «¡Está bien!», tampoco implica asumir pasivamente una realidad, en la que lo único que podemos hacer es sentir pena por nosotros mismos.

Al contrario de todo lo anterior, este “¡Está bien!” significa que reconozco:

  • Las circunstancias que se me presentan en cada momento
  • Que hay aspectos de la parentalidad que me cuestan mucho
  • Que tengo expectativas de mi misma y de la vida familiar que ahora mismo pueden parecer inalcanzables.
  • Que me juzgo por todo lo que creo que debería hacer y no hago, decir y no digo, pensar y no pienso.. y, que me quedo con esto.

Este “¡Está bien!” es necesario cuando:

  • Todo o casi todo parece cuesta arriba, y me encuentro luchando en medio de la tormenta.
  • Cuando soy estricta conmigo misma, cuando siento que fracaso, que pierdo oportunidades y que no encuentro soluciones.
  • Cuando no lo encuentro en ningun lado, ni fuera ni dentro de mi.

Pero… ¿Cómo puedo llegar al “¡Está bien!”, si no lo encuentro allá donde mire?

Entiendo que suena contradictorio, pero se puede conseguir reconociendo el momento sin juzgarlo.

A nivel práctico, esto se traduce en:

  • Parar durante unos segundos/minutos cuando siento que la situación me sobrepasa y que me vuelvo en mi propio enemigo.
  • Aunque sea difícil, unos momentos son necesarios para darme a mí misma la oportunidad de no caer en impulsividades y respuestas negativas automáticas.
  • Observar lo que me está sucediendo (sensaciones corporales, pensamientos y sentimientos).
  • Identificar qué elementos de mi experiencia resultan:
    – De los eventos externos a mi
    – De mi opinión sobre lo que está pasando
    -De mi opinión sobre mi reacción ante la situación
  • Reconocer que:
    – Todo lo que siento y observo forma parte de mi experiencia presente y, tan solo por eso, está bien.
    – Esta situación incómoda o desagradable me ha brindado la oportunidad de parar durante unos instantes y tomar cierta distancia del caos fuera y dentro de mí.

Y, ¿si lo consigo, de que me sirve el “¡Está bien!”? ¿Resolverá mis problemas? ¿Me convertiré en “mejor padre” o “mejor madre”? El “¡Está bien!” no es la solución a todos los problemas, ni abre el portal a la felicidad, pero sí abre una pequeña ventana a la posibilidad de:

  • Reconocer los patrones repetitivos de mi pensamiento, mis expectativas y exigencias preestablecidas
  • Diferenciar lo anterior de una dada situación real
  • Detener la avalancha de pensamientos autocríticos que nacen de momentos de estrés parental y que me llevan a creer que soy la única culpable de cualquier reto que se presente en la vida de mi hija/o.
  • De aproximarme, tal vez unos minutos más tarde, a la misma situación bajo una nueva perspectiva más compasiva y menos autocastigadora.

No sé si esto os parece o no suficiente, pero tal vez ahora mismo, tan solo esto, esté bien.

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