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Queremos que nuestros hijos tengan buena autoestima, confíen en sí mismos y sean capaces de dar lo mejor de sí. Pero muchas de los halagos que reciben alientan la competitividad con sus hermanos o sus amigos, les suscitan la sed de ganar a toda costa, de ser los primeros caiga quien caiga. Quizá sea buena idea no basar la educación de nuestros hijos en comparaciones, que son odiosas.

Fran, que tiene cinco años, quiere ganar siempre. En el cole, cuando termina las fichas antes que el resto de su clase, la profesora le pone una pegatina de campeón. Cuando sale de clase, organiza carreras con sus amigos y los que no llegan los primeros se cogen un tremendo disgusto. Para agilizar la rutina de la mañana, su padre, Manu, y él juegan a ver quién se viste el primero (y Manu siempre le deja ganar), con su hermana Laura compite a ver quién es el primero que termina la cena. Laura, que tiene 12 años, un día le dijo a su madre que en el primer examen del instituto había sido la única de toda la clase que había aprobado y, es más, había sacado un Notable. Sandra, su madre, le felicitó con mucha efusividad por “haber sido la mejor de la clase”. Si lo pensamos, en muchas ocasiones la competitividad y la comparación parecen los motores que nos mueven en la educación de nuestros hijos. Creemos que así sacaremos lo mejor de ellos, que así se esforzarán más, porque, al fin y al cabo, todos queremos ser los mejores.

Pero Fran se está empezando a dar cuenta de que sus amigos se quedan tristes cuando la profesora no les regala a ellos la pegatina de campeón, se aburre ya de ganar a su padre a la carrera de vestirse el primero, le da vergüenza que sus padres se pongan a gritarle “campeón, campeón” cuando gana la carrera a la salida del cole (y seguro que piensa: “¡Si esto es solo un juego!”). Y Laura se da cuenta del sinsentido que es alegrarse de haber sido la única en aprobar cuando ve lo tristes que están sus amigos y cuando en el examen siguiente, de otra asignatura, no queda la primera de la clase y saca “un simple 5”, como le dijeron sus padres.

Dicen que las comparaciones son odiosas. Y comparar a un niño con otro solo lleva a que uno de esos niños pierde y se siente mal. Quizá las comparaciones positivas serán las que establecemos con nosotros mismos, las que alientan la superación de nuestras propias marcas, las que nos empujan a esforzarnos, a mejorar y a aprender día a día. Y en esa superación, qué duda cabe que la ayuda de los demás, la cooperación, es mucho más necesaria que su rivalidad.


 

Imagen: Mannheim Children Marathon 1. Fuente: Picturepest/Flickr

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