He gritado a mi hijo ¿ahora qué?

Hay situaciones que nos sobrepasan. Lo importante es ser consciente de ellas, responsabilizarse y repararlas. Somos humanos e imperfectos, pero podemos sacar un aprendizaje de ello y, sobre todo, que sean nuestros hijos los que también aprendan

¡Qué difícil es la crianza a veces! El ritmo de vida, el trabajo remunerado, las tareas del hogar, los juguetes por el suelo… van llenando nuestra jarra hasta que se desborda. La paciencia desaparece y pegamos un grito a nuestro hijo. Y ¿ahora qué?  Nos sentimos fatal y con una gran culpabilidad.

Te suena esta situación ¿verdad? Pasa más a menudo de lo que nos gustaría y, aunque cada día nos propongamos mantener la calma, ante determinadas situaciones, vuelve a pasar.

Lo primero que tenemos que tener es tranquilidad. Todos somos humanos, las situaciones cotidianas nos ponen a prueba a diario y, en ocasiones, nos hacen actuar de este modo.

Los gritos tienen un fin claro: que las personas a las que van dirigidos cambien su comportamiento

¿Por qué siempre acabo gritando?

Los gritos tienen un fin claro: que las personas a las que van dirigidos dejen de hacer algo o cambien su comportamiento. Por lo tanto, si gritamos a nuestros hijos es para que nos obedezcan, porque no hemos conseguido que hagan lo que queremos de otra forma.

Pero, primero, reflexionemos: ¿por qué nuestros hijos tienen que hacernos caso? Lo ideal sería que no opusieran resistencia para vestirse, para bañarse, para comer o para hacer los deberes. Pero eso en el mundo real no existe. Y si queremos que sean adultos críticos y que piensen por sí mismos, no podemos exigirles obediencia. Ellos son personas independientes, con sus ideas y sus opiniones propias. Y se merecen ser escuchados y respetados. Esto no significa que les tengamos que dejar hacer lo que quieran siempre, pero de eso ya hablaremos otro día.

Lo que quiero transmitir es que ellos no son responsables de tu cansancio o de tu estrés y, lo único que desean, como explica Alfred Adler (precursor de la Disciplina Positiva), es pertenecer y contribuir. Es decir, sentirse parte de la familia y sentirse útiles dentro de ella.

Gritar a nuestros hijos les aleja de eso. Por lo tanto, lo más importante, es que tomemos conciencia de ello para poder reconducir la situación.

 

Ver los errores como una oportunidad de aprendizaje

Debemos partir de la base de que nadie es perfecto y de que todos nos equivocamos. Equivocarse está bien. Así que, para empezar: perdónate. Asume que has cometido un error, aunque en ocasiones sea difícil.

Esto nos va a permitir conocernos, saber en qué punto estamos y qué podemos hacer para abordar los retos de la crianza desde la calma y desde el respeto.

Conocer cómo funciona el cerebro infantil y las herramientas que nos permitan educar en positivo, serán nuestros grandes aliados en este proceso.

Los gritos no funcionan para cambiar su conducta a largo plazo

La importancia de reparar

En ocasiones, parece que gritar funciona, ya que nuestro hijo ha dejado de hacer lo que estaba haciendo. Pero lo que en realidad ha pasado es que se ha activado su cerebro primitivo. Ha percibido el grito como una amenaza y siente miedo. Y el miedo paraliza. Por eso mismo los gritos no funcionan para cambiar su conducta a largo plazo.

Pero todos somos humanos y de vez en cuando se nos escapa algún grito del que después nos arrepentimos. Y tenemos que reparar el daño emocional que hemos causado a nuestro hijo. ¿Cómo? Aquí van unas ideas:

 

  • Date un tiempo para recuperar la calma
  • Asume el error
  • Pide perdón a tu hijo
  • Habla con él sobre el tema y explícale lo que ha pasado
  • Libérate de la culpa. Te has equivocado, pero has reparado y quieres cambiar.

 

Con esto, además, le estaremos dando el maravilloso ejemplo de que todos nos podemos equivocar. Pero siempre nos enfocaremos en las soluciones y no en los errores, de modo que cada día podamos ser mejores personas.

 

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Eva Martínez Fierro

Desde niña me ha fascinado aprender para enseñar. Primero me centré en los más pequeños, pero ahora mi objetivo es que, los adultos, eduquen desde la mirada de un niño. ¿Por qué actúan cómo actúan? ¿Qué necesitan realmente? Solo así podremos educar desde la calma y en positivo.

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