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Inocencia

La inocencia es pensar que todo puede ser maravillosamente emocionante sin cansarse de esperar. Sin perder los ánimos. Porque les desborda la ilusión.
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Describir la inocencia es como intentar ponerle melodía a un sentimiento. No se puede definir la mirada de un niño, porque nos habla con el idioma del universo y a nosotros los adultos, se nos ha olvidado entenderlo.

Observar la inocencia es contemplar a un niño maravillarse cuando a un caracol le “salen los cuernos al sol”. Ver ese brillo en sus ojos y saber agradecerlo. Es escuchar su risa nerviosa la primera vez que nota el lametazo de un perro en la cara. Es emocionarse contemplando su paz mientras duerme. Poder observar la inocencia y ser conscientes de que ese pequeño ser humano está experimentando un millón de sensaciones que jamás había sentido antes debería ser para nosotros todos los regalos de Navidad en un segundo.

Porque a veces se nos pasa de largo, a veces no reparamos en que esa duda al bajar un escalón es la primera vez que experimenta el miedo, o no somos conscientes de que aquella pelea con su primo favorito fue su primera gran decepción. Qué ciegos al meterle prisa porque llegamos tarde o al obligarle a que se reconcilie con su primo para seguir jugando. No. Es su primer miedo. Es su primera decepción.

Es el mundo el que debería pararse a observar y acompañar ese momento. Es el mundo el que debería detenerse a respetar ese instante único.

La inocencia es la ignorancia del mal, la mirada limpia que contempla desde el asombro, la curiosidad y la luz. Qué pena ser testigos de tal acontecimiento y vivir pensando en todo lo que no es realmente importante mientras está sucediendo justo a nuestro lado…y nos lo estamos perdiendo. Y lo que es peor, muchas veces, lo estamos contaminando.

¿Qué pasaría si nunca perdiéramos la inocencia? ¿Qué pasaría si fuéramos capaces de vivir experimentando cada día como un regalo? ¿ Cómo sería vivir sin que las ganas de explorar y aprender se marchitasen?

El mundo no está preparado para acoger y proteger como se merece a tanta grandeza. Nos hemos olvidado de lo que era ser capaces de sentir sin medida.

¿Alguna vez has visto la reacción de un bebé cuando su madre entra en la misma habitación?
Esa mezcla de urgencia, felicidad y nerviosismo. Esa cara iluminada y esos bracitos  aleteando como si quisiera echarse a volar. Esa mirada infinita.

Se nos pasa por alto que ese momento es AMOR. Estamos siendo testigos de la pureza.

Los niños son las nuevas oportunidades de observar lo real y lo auténtico. Son la píldora para la tristeza y el verdadero combustible que puede iluminar todo lo que realmente es necesario que veamos.

Si fuéramos conscientes de la magnitud de esos momentos, de lo sagrado y lo auténtico de ese llanto o de esa risa, viviríamos días que valdrían mucho más la pena.

La inocencia de los niños es la naturalidad, es la tranquilidad dentro de un huracán en crecimiento.
La inocencia es pensar que todo puede ser maravillosamente emocionante sin cansarse de esperar. Sin perder los ánimos. Porque les desborda la ilusión, porque el infinito no está suficientemente lejos.

La inocencia es la fe. Es tener la convicción ciega de que mis padres pueden y saben, de que los Reyes vienen cada año, de que todo es posible si puedes imaginarlo. De que si tú me lo dices…¡¡cómo no creerlo!!

Si fuéramos capaces de preservar esa candidez el mayor tiempo posible, si nos parásemos a pensar si realmente vale la pena apurar los tiempos y tener “niños mayores” con 3 años, o princesas con 5…Si fuéramos conscientes de que la inocencia no se recupera si la pierdes y que no hace falta jugar con pistolas o espadas…que las guerras ya llegan solas cuando menos te lo esperas.
Si fuéramos conscientes de que una vida que crece es todo lo que hay de divino en el mundo, a lo mejor nos lo pensaríamos dos veces antes de volver a decir ” así se van curtiendo”.
Antes de volver a faltarles al respeto.

Si. No vivimos en otra parte. Vivimos en guerras, corrupciones y soledad. Vivimos en estrés, en capitalismo y en enfermedad. Todos tenemos que aprender a convivir con lo que no es bonito, con lo que duele. Tenemos que crecer, evolucionar y adaptarnos a lo que a cada uno le toque.

Aprender a vivir… Pero si fuéramos capaces de conectarnos con el niño que fuimos, si fuéramos capaces de volver a sentir “primeras veces” y a ver lo maravilloso en lo pequeño o insignificante, quizás podríamos respetar la pureza de esas almas que creemos en construcción, pero que son las que realmente pueden darnos lecciones de grandeza.

Detengamos un momento el tiempo, bajémonos del mundo y como el concurso del “carro blindado”, construyamos con ellos de cada día un juego. Porque lo que no te he dicho es que si miras de cerca a un niño, te pones bizco y se ríe tienes que pegarte mucho mucho a su pecho. Si escuchas el colibrí aleteando que vive dentro, quizás te contagies y puedas ser inocente de nuevo.

Imagen: Innocence. Rohit Rath. Flickr

María Soto

María Soto

Experta en disciplina positiva
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