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“Mi madre es tonta”

Con este relato, nos ponemos en la piel de una adolescente confusa y contestataria que, por un lado, dice que su madre es tonta, porque es lo que mola, y por otro la venera en secreto.
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Tengo 3 recuerdos de mi infancia y mi juventud que creo que no necesitarían tinta si me hiciera un tatuaje sobre ellos. El más grande, profundo y bonito es la imagen de mi madre distraída en el aeropuerto. Su actitud  aparentemente fría me hundió en una decepción que tardaría años en superar, pero hoy, después de 3 décadas, conservo en mi mente y en mi corazón ese instante como uno de los más importantes de mi vida.


Fue una época difícil para mí, aunque supongo que no mucho más difícil que para el resto de chicas de 14 años. Ahora que puedo verlo a través de otros ojos sé que tuvo que ser complicado convivir con un ceño fruncido con portazo perpetuo incorporado. La edad del pavo, que le llaman. 


Me recuerdo en un enfado constante, en un malestar conmigo misma y los demás que no lograba entender. Con un millón de preguntas que, según el día o incluso la hora, tenían diferentes respuestas para mí. 

Tampoco se me olvida esa montaña rusa de hormonas y sensaciones, que bailaban entre la lágrima y la carcajada con una cadencia peligrosamente incongruente. Pero “molaba”. Era feliz riendo o llorando, porque intuyo que eso era exactamente lo que tenía que ser.

Y mi madre. “Mi madre es tonta”.  Era mi frase. Mi lema en mi super-pandilla de clase, en mi super-colegio. En mi super-mundo. Pero mi madre…  Yo realmente la adoraba, la admiraba y la veneraba en secreto.  La observaba muchas veces, y aunque la mayor parte del tiempo una voz siniestra me decía que le llevara la contraria por sistema, echaba infinitamente de menos sentarme en su regazo o que me contara cosas mientras me peinaba la melena. Hacía demasiado tiempo de eso, pero realmente hacía muy poco tiempo de eso.

La buscaba constantemente. La provocaba para intentar conseguir un poco más de ella. Algo más intenso que su paciencia infinita y su mirada serena. Un grito. Me daba igual. Su aparente pasividad me sacaba de quicio, aunque poco después comencé a entender todas aquellas frases que en su día  me desconcertaban. Ahora son las llaves que me han abierto casi todas la puertas de mi vida.


“Te noto alterada. Creo que es mejor que busquemos otro momento para hablar”

“Sé que si es importante para ti encontrarás una solución”

“Mi madre es tonta”

Y aquel día, mi tatuaje sin tinta.

La despedida.

Después de un año nefasto en el colegio, la directora le propuso a mis padres enviarme un año al extranjero para aprender un idioma. Querían mandarme a un pueblo en Francia, cerca de Bélgica.

En aquel momento pensé que realmente querían deshacerse de mi.

Y encima no se les ocurre otra cosa que preguntarme. 

“Es tu decisión ¿Quieres ir?”
SÍ.

Sí, con una tonelada de orgullo frenando un océano de lágrimas justo en el borde de mis párpados.
Sí, con los puños apretados para contener el tembleque de la voz.
Sí, con un “no me importa nada” en la mirada y un “no puedo vivir sin vosotros” en el corazón.


Y me fui.


Y ya me había ido al salir del despacho de la directora. Y estuve ausente, muy lejos, durante todo el mes que duraron los preparativos.Y no me dí cuenta de los ojos rojos de mi madre de vez en cuando en la cocina.


No se me olvidará en la vida su abrazo medido y estudiado que antes no sabía y ahora sé leer, lleno de contención, de respeto por no venirse abajo. Su “Sabes que te quiero y confío en que será una gran experiencia para ti” que en ese momento fue un “blablablabla” y ahora vale más para mí que todas la palabras que me quedan por oír.

Siempre será mi recuerdo más preciado, porque con los años, la experiencia y todo lo que supuso para mi futuro ese año, jamás podré agradecerle lo suficiente a mi madre su aliento y su confianza. El hecho de no haberme rescatado, sino de permitirme encontrar mi propio poder.Mis respuestas y mi propia vida.

El hecho de demostrarme un amor infinito en un abrazo que yo sentí contenido, pero que realmente me llenaba la mochila de calor suficiente para dar la vuelta al mundo.

Pero sobre todo, el hecho de haber sabido entender que yo, en aquel momento, no entendía nada.”

A todas las hijas que, ahora madres, han aprendido a reconciliar recuerdos.

( Y a M. Aguado, por acompañarme en muchos de ellos)


Imagen: Reunion. Fuente: Kyrre Gjerstad /Flickr

 

María Soto

María Soto

Experta en disciplina positiva
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