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Vivimos en una sociedad que nos exige continuamente fijar objetivos y nos juzga sobre si los hemos conseguido. Cualquier señal de que nos alejamos de nuestras metas vitales o de aquello que deseamos es interpretada como un problema que requiere de una solución inmediata.
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Mi colaboración con los padres y las madres a menudo empieza con motivo de la aparición inquietudes comunes relacionadas con sus hijos: “¡Mi hijo no me hace caso!”, “¡Mi hija no hace sus deberes!”, “¡Mi hijo no tiene amigos!”, “¡Mis hijas se pelean entre ellas!”.

Sin embargo, según empezamos juntos a identificar el peligro real que conllevan estas circunstancias, emerge con fuerza el miedo hacia el futuro como motivo principal de su preocupación. Así, los padres y las madres identifican que la preocupación de “mi hijo no me hace caso” esconde el miedo a que le resulte difícil aceptar las reglas de su futuro entorno laboral. La preocupación de “mi hija no hace sus deberes” refleja el miedo de que no estudie y no pueda acceder a un trabajo que le guste y que esté bien remunerado…

¿Y qué es el miedo hacia el futuro?

El miedo es la alarma interior que nos permite estar en alerta, cuando nos encontramos en “aguas desconocidas”, para explorarlas y mantenernos a salvo. El miedo hacia el futuro, por lo tanto, sirve para recordarnos que, aunque seamos previsores, no existe ninguna manera de estar seguros de que en el futuro, nosotros y las personas que amamos estaremos a salvo.

Pero, si el miedo hacia el futuro es una reacción de alarma normal y hasta necesaria, ¿por qué sentimos que nos destruye el día a día? ¿Por qué y cómo el miedo hacia el futuro nos invade de tal manera que define nuestro presente?

La respuesta a esta pregunta se encuentra en nuestras creencias sobre la emoción del miedo y nuestra reacción ante la misma. Vivimos en una sociedad que nos exige continuamente fijar objetivos y nos juzga sobre si los hemos conseguido.

Cualquier señal de que nos alejamos de nuestras metas vitales o de aquello que deseamos, o que consideramos como bueno o correcto, es interpretada como un problema que requiere de una solución inmediata. Por lo tanto, el miedo, que señala que existe la posibilidad de que no lleguemos a aquello que deseamos, se transforma automáticamente en un problema que ha de desaparecer, por lo que la situación que lo causa ha de cambiar.

Más vale prevenir…

Obviamente, el futuro está lleno de posibilidades e incertidumbre en cuanto a si las situaciones se desenvolverán a nuestro parecer. Y, dado que no tenemos acceso al futuro para cambiarlo como queremos, consideramos esencial ser previsores y modificar cualquier elemento del presente que indique un futuro menos deseable.

Para ciertas situaciones prácticas y realmente previsibles, este plan puede funcionar. Sin embargo, para la mayoría de las situaciones vitales, esta visión no resulta realista, ya que estas dependen de varios factores que no son controlables o ni siquiera identificables. El resultado de lo anterior es que vivimos el presente construyendo guiones detallados sobre las consecuencias futuras de una situación, y dando prioridad a evitar o eliminar el miedo que sentimos.

Vivimos convencidos de que la reducción del miedo hacia el futuro, controlando sus causas en el presente, es el aval que asegurará que el futuro será el deseado…

¿Qué puedo hacer para no dejar que el miedo hacia el futuro se apodere de mi parentalidad?

  • Reconoce que sientes miedo. Es suficiente. No necesitas justificar el miedo o apaciguarlo. Si existe un problema real y puedes solucionarlo, hazlo. Si no, reconoce el miedo por lo que es, una emoción difícil, y espera a que la tormenta pase.
  • Dale la bienvenida al miedo. Acepta el miedo como una alarma que te permite reconocer que la situación te sobrepasa y que, por lo tanto, tal vez no sea el mejor momento para tomar decisiones. Agradécele al miedo, la protección que te brinda de las situaciones y de tus reacciones automáticas.
  • Reconoce que no tienes la culpa por temer el futuro. El futuro es incierto y por eso asusta. No eres el que crea el miedo. Eres víctima del miedo colectivo hacia el futuro que todos hemos heredado.
  • Pídeles perdón a tus hijos. Discúlpate por las veces que el miedo hacia el futuro te sobrepasa y define tus reacciones.
  • Reconoce que tu papel principal en la vida de tus hijos se encuentra en el presente y pon tu atención en el ahora que compartís.
  • Conversa con tus hijos sobre la emoción del miedo sin caracterizarla como un problema a resolver. ¿Qué te asusta? ¿Qué les asusta a ellos? ¿Cómo es la sensación de tener miedo? ¿Cuánto dura?
  • ¡Escoge tus batallas contra el miedo al futuro! Identifica cuándo tus reacciones nacen como respuesta al miedo y para unos segundos. Intenta reducir la cantidad de correcciones, recordatorios y llamadas de atención hacia tus hijos. O, si esto te resulta complicado, permítete responder al miedo como de costumbre, pero explica a tus hijos qué es concretamente lo que te asusta de cada situación.
  • Repite lo anterior cada vez que el miedo esté tocando a tu puerta.
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