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"Es más fácil juzgar a tu hijo diciendo que es un egoísta que reconocer que tu necesidad de respeto o reconocimiento como padre o madre está insatisfecha" y así, asegura Mª Ángeles, "difícilmente logramos comunicarnos. El juicio es el principal obstáculo de la empatía", concluye.
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Mª Ángeles Jové nos habla desde la experiencia con su hijo cuando era adolescente para reflexionar sobre la necesidad que tenemos los padres de controlar todo el comportamiento de nuestros hijos a través de los juicios.  “Es más fácil juzgar a tu hijo, por ejemplo, diciendo que es un egoísta que reconocer que tu necesidad de respeto o reconocimiento como padre o madre está insatisfecha” y así, asegura Mª Ángeles, “difícilmente logramos comunicarnos”. 

Han pasado unos diez años aunque me acuerdo perfectamente. Estábamos los tres en el hall del colegio. Carlos, estaba cursando 3º de la ESO, estaba a mi izquierda, enfrente de él su tutora. Una mujer excepcional a la que quiero aquí rendir homenaje, Isabel Sopena.

 

Me enzarcé en una discusión con mi hijo. No recuerdo muy bien el motivo pero sí que mis palabras desprendían y proyectaban frustración. Mi hijo siempre ha sido un estudiante con resultados brillantes. Aun así, eso no me impedía que criticara duramente su falta de orden y sistemática en el estudio o encontrara alguna razón para destacar alguna pega que estropeara la foto perfecta. 

Isabel, de repente, con la serenidad que le caracterizaba nos interrumpe y lanza una pregunta valiente, potente, que me dejó muda: “Carlos, ¿te sientes juzgado por tu madre?”. Carlos, bajando la mirada dijo, SÍ.

En ese momento comprendí que el foso que había entre nosotros dos se llamaba JUICIO. Entendí que lo que provocaba nuestros desencuentros eran MIS valoraciones, opiniones, lo que yo suponía, creía, pensaba, la historia que yo me contaba.

El juicio es el principal obstáculo de la empatía. Hemos de ser conscientes de que bloquea la verdadera comunicación. En el mundo de los juicios nuestra preocupación se centra en quien ES qué, cuando en realidad el análisis de los otros es la expresión de nuestras necesidades insatisfechas.

Es más fácil juzgar a tu hijo, por ejemplo, diciendo que es un egoísta que reconocer que tu necesidad de respeto o reconocimiento como padre o madre está insatisfecha. El problema es que yendo por este camino tu hijo se siente juzgado, criticado y difícilmente logramos comunicarnos desde el respeto para que así se cuiden nuestros sentimientos y se atiendan también nuestras necesidades.

Para que el otro se sienta comprendido no basta que nosotros creamos, pensemos, supongamos o digamos que lo comprendemos. Para que el otro “se sienta sentido” (y eso es EMPATÍA) es imprescindible que seamos un espejo en el que vea un reflejo real de su dolor, de su alegría, de su angustia, de su tristeza, de su indignación, de su felicidad… y esto no significa que estemos de acuerdo con él o que coincidamos en sus planteamientos. Significa que sentimos con él y junto a él. Compartimos y vivimos su sentir.

No podemos llegar a este grado de conexión con un hijo adolescente si no sabemos escucharle, si no sabemos estar presente para él. Tenemos tanto miedo a que piense que podemos aprobar sus comportamientos inadecuados que, a la primera oportunidad interrumpimos, le decimos lo que ha de sentir y lo que no ha de sentir, lo que ha de hacer y no hacer. Le reprobamos antes de que, aunque sea por un instante, nos pongamos en su piel. ¡Qué equivocados estamos! Cuánto más fácil es que primero se sienta comprendido, sienta que hemos empatizado y luego le digamos lo que queramos decirle.

Sin embargo, tenemos miedo a perder el control. A que nuestro hijo adolescente se escape a un lugar desde el que no podamos controlar. Necesitamos tenerlo todo atado y bien atado. ¿Qué margen dejamos entonces a la confianza? ¿Qué espacio le dejamos? ¿Qué mensaje le estamos transmitiendo?

Los padres hacemos bien si cuidamos ser buenos referentes para nuestros adolescentes. Necesitan de nosotros y mucho. ¿De verdad creemos que vamos a influirles si primero no intentamos comprenderles? ¿Creemos que nos van a escuchar si antes no se han sentido escuchados?

Es fácil descuidarnos y dejar que los juicios filtren nuestras experiencias y situaciones vividas. Lo importante es no perder la conciencia de que cuando mezclamos lo que observamos de nuestros hijos con nuestras valoraciones y juicios nos alejamos cada día un poquito más de ellos. No pasa nada. Volvamos a poner el contador a cero. Recuperemos y restauremos la relación.  Por eso en AEIOI decimos que la empatía es un abrazo emocional que alimenta el vínculo y provoca encuentros allí donde hay desencuentros.

 

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