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Es otra de las emociones, junto con la tristeza, que no nos gusta ver en nuestros hijos (ni en nosotros), y por eso a menudo la negamos o la reprimimos. Pero ahora os invitamos a ver la importancia que el enfado (bien gestionado) tiene para disfrutar de una vida plena y unas relaciones sanas.

¡No te enfades!, decimos a nuestros hijos cuando fruncen el ceño por alguna cosa que creemos insignificante. El enfado de nuestros hijos nos parece un obstáculo para su felicidad, una piedra en el camino hacia el bienestar, un incordio y un problema, especialmente cuando se desborda. Pero ¿realmente queremos que nuestros hijos no se enfaden nunca? Imaginemos que a nuestro hijo un amigo le da continuamente collejas porque cree que es gracioso. ¿No parecería buena idea que nuestro hijo no se enfadara? Y si nuestro hijo presencia una situación de acoso escolar, ¿nos gustaría que esta injusticia le dejara indiferente, que no le enfadara? Incluso si, por la razón que sea, le hemos tratado injustamente o no hemos tenido en cuenta su punto de vista, ¿sería bueno para todos que esto no le enfadara? Begoña Ibarrola nos decía en su brillante intervención en Barcelona que “el enfado sirve para poner límites a los demás. Es una emoción tremendamente valiosa para las relaciones sociales. Nos ayuda a ser proactivos, a decir que no estamos de acuerdo con los demás, que queremos cambiar”.

Quizá nuestro propio rechazo al enfado (al nuestro y al de nuestros hijos) nos haga gestionarlo mal, esconderlo, reprimirlo, no manifestarlo o dejarlo estallar de un modo más o menos violento. No estaría de más, quizá, conseguir eliminar los mensajes destructivos que suelen acompañar el enfado (en línea con lo que nos propuso Cristina García, de Edúkame, en el taller de paciencia en Barcelona) y aprender (y enseñar) a expresarlo de manera asertiva y respetuosa. Por ejemplo, no nos parecerá bien que nuestro hijo devuelva las collejas, insulte o empuje con fuerza a su “gracioso” amigo, tampoco nos parecerá buena idea que se calle y se resigne por miedo a perder un amigo, o que deje de tratar con él sin haberle dicho por qué, pero podríamos enseñarle a decir a su amigo: “No me parece gracioso que me des collejas. Me haces daño y me enfada. No voy a tolerar que lo hagas más”. Ante una situación de acoso escolar, no querríamos que empezara a acosar al acosador, ni que se guarde la indignación con miedo, sino que quizá querríamos que hablara con el acosador sobre su conducta inapropiada o buscara alianzas para tratar de acabar con este maltrato. En el caso que hemos expuesto de un trato injusto por parte de los padres, no nos gustaría que no nos lo contara, sino que nos dijera con calma que esa forma de tratarle le parece injusta, ¿verdad? Pues en todas esas respuestas, el protagonista es el enfado, que nos llama a la acción para cambiar las cosas, a la expresión de nuestro punto de vista y nuestro desacuerdo, y que exige valentía y respeto para expresarlo de la mejor manera. Como nos dijo Ibarrola, “hay formas positivas de expresar el enfado y otras son destructivas”. Está en nuestras manos enseñarles a encauzar el enfado, a ver sus beneficios y a expresarlo de manera constructiva.

Y negar esta emoción porque es fea o es un incordio no ayuda.

 

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