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“Los hombres no lloran”, “no debes tener miedo” o “las mujeres no tienen derecho a enfadarse”, son frases con las que muchas generaciones hemos sido educados. En mi afán de buscar el para qué de las cosas, entiendo que el trasfondo de la cuestión apunta a la necesidad de tener que esconder o reprimir nuestras emociones para no sufrir, para mostrarnos fuertes, o para no mostrar indignación, vergüenza, envidia, y un sinfín de emociones y sentimientos. ¿De verdad? ¿Aún en el siglo XXI estamos con estos mensajes? Aunque durante muchos años nos hayan obligado a reprimir nuestras emociones, y no atender a las de los demás, es responsabilidad de cada uno de nosotros acabar con esta barbarie.

Una nueva mirada al mundo de las emociones

Al menos en la tradición occidental, la investigación sobre las emociones y la razón se ha desarrollado de manera paralela, e incluso se han considerado ambos conceptos como opuestos. Desde los antiguos griegos, los filósofos destacaron el lado racional de la mente sobre el emocional, y argumentaron que la inteligencia era necesaria para dominar y reprimir las emociones más primarias. Debido a esta dicotomía, nuestra cultura está profundamente impregnada por la creencia de que la razón y la emoción son términos separados entre sí e irreconciliables y que, en una sociedad civilizada, la racionalidad debe prevalecer.

Afortunadamente, en los últimos años, numerosos estudios sobre la materia nos proporcionan evidencias con respecto al importante papel que juegan las emociones en el desarrollo del ser humano.

El analfabetismo emocional, término acuñado por Salovey y dado a conocer por Daniel Goleman, ya no es aceptable bajo ningún concepto. A la pregunta ¿cómo te encuentras hoy?, en general percibo que tenemos grandes dificultades a la hora de responder con palabras distintas a bien, mal, regular, y en el mejor de los casos, contento, enfadado o triste. Hace unos años me hice con un diccionario de emociones del filósofo José A. Marina, en el que se describen más de 500 emociones. Tenemos trabajo por hacer.

Por qué es importante entender nuestro mundo emocional

Según Goleman (2001), “las personas desarrolladas emocionalmente, son personas que gobiernan adecuadamente sus emociones y que también saben interpretar y relacionarse efectivamente con las emociones de los demás. Estas personas suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces y más capaces de dominar los hábitos mentales que determinan la productividad. Quienes, por el contrario, no pueden controlar su vida emocional, se debaten en constantes luchas internas que socavan su capacidad de trabajo y les impiden pensar con suficiente claridad”.

Además, Goleman apunta que las personas emocionalmente inteligentes toman muy en cuenta sus propios sentimientos y los de los demás; tienen habilidades relacionadas con el control de los impulsos, la autoconciencia, la valoración adecuada de uno mismo, la adaptabilidad, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía, o la agilidad mental. Según este autor, estas habilidades harán que seamos auto disciplinados, compasivos o altruistas, características indispensables para convivir en sociedad de manera sana y adaptativa.

En nuestra infancia, adolescencia y juventud temprana, todo este entendimiento emocional cobra mayor importancia si cabe, puesto que el neocórtex, que es la parte del cerebro que regula las emociones, no es maduro cien por cien hasta los 25 años de media. Lo que significa que nuestra inmadurez emocional se hace más palpable.

Que los padres y educadores entendamos este punto, marca la diferencia en cómo nuestros niños desarrollarán su inteligencia emocional de una manera sana.

Qué son las emociones y para qué sirven

La emoción es un proceso complejo en el que están integradas respuestas de tipo neuro-fisiológico, motor y cognitivo. Nos habla acerca de nosotros mismos, de lo que es importante para nosotros, de nuestras necesidades, de nuestras virtudes y nuestras carencias. Solo si la escuchamos, tomaremos decisiones que nos orienten en la dirección adecuada.

Puesto que las emociones son respuestas a estímulos internos o externos, no vale la pena evitarlas o esconderlas. No podemos evitar sentirlas, son respuestas rápidas en intensas. Las emociones nos traen mensajes que es necesario escuchar, para actuar en consecuencia.

Veamos cómo funciona el proceso emocional básico. A un estímulo interno o externo cualquiera (hecho), le sucede una reacción que llamamos emoción. Inmediatamente después, incorporamos pensamientos, que nos dan lugar a sentimientos, y por último aparece la acción (conducta). Con un ejemplo, lo vemos mejor.

Mi hijo Diego quiere comprarse una peonza. Vamos a la tienda y no hay la que él quiere (hecho). Aprieta las manos y la mandíbula (emoción de enfado). Comienza a decir que no es justo, que siempre le pasa lo mismo, que qué tipo de tienda es esa que no tiene peonzas, etc. (pensamientos). Se siente frustrado (sentimiento) por no haber conseguido lo que quería, y decide salir de malas maneras de la tienda (acción).

Beneficios de incorporar la educación emocional en la familia y la escuela

Según Rafael Bisquerra (2011), “la educación emocional es una respuesta a necesidades sociales que no están suficientemente atendidas en el currículo académico ordinario”. Para este autor, dichas necesidades se justifican en el creciente número de casos de ansiedad, estrés, depresión, violencia, consumo de drogas, suicidios, comportamientos de riesgo, etc., que podemos encontrar en nuestra sociedad. De aquí la importancia de trabajar en casa o en el aula la inteligencia emocional. Cuando seamos capaces de dejar de lado la culpabilidad de sentir y reprimir ciertas emociones, y de entender que la razón y la emoción van de la mano, ayudaremos a nuestros hijos, y a nosotros mismos a ser emocionalmente inteligentes.

Resumo a continuación los beneficios de ser emocionalmente inteligente:

  • Sabemos qué tipo de emoción experimentamos y cuál es el mensaje que nos trae.
  • Somos coherentes con lo que sentimos, pensamos y hacemos.
  • Conocemos nuestras virtudes y nuestras áreas de mejora.
  • Somos capaces de reflexionar y mostrarnos seguros de nosotros mismos.
  • Tenemos la habilidad de regular nuestra impulsividad y las emociones perturbadoras.
  • Somos socialmente equilibrados y comprendemos los sentimientos de los demás y su percepción del mundo.

De todos es bien conocido las carencias de nuestro sistema educativo, y aunque son muchos los centros educativos y los maestros que apuestan por introducir la educación emocional en el currículo académico, aún no es suficiente. Me gustaría hacer un llamamiento a las instituciones públicas y los organismos responsables de la educación en este país, para que entre todos seamos capaces de incluir la inteligencia emocional en las horas lectivas de nuestros niños y niñas. Sólo de este modo contribuirán a la sociedad de manera positiva.

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