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¿Habéis oído hablar del ghosting? Se trata de un concepto derivado de la palabra inglesa ghost (fantasma) y hace referencia a la “práctica” de desaparecer de repente sin dejar rastro: dejar de contestar mensajes, no coger las llamadas o no volver a quedar con alguien sin siquiera darle motivos o explicaciones.

Esta práctica se ha puesto muy de moda en los últimos años, de hecho es posible que conozcáis a alguien que la haya practicado o, en caso contrario, sufrido. Y, probablemente, os estaréis preguntando: ¿y por qué estamos hablando de ghosting? Pues la respuesta es clara: es un gran ejemplo de falta de responsabilidad afectiva, el tema que nos atañe en este artículo. Vamos a ver por qué.

Qué es la responsabilidad afectiva

Entendemos por responsabilidad afectiva o emocional el hecho de reconocer y asumir que nuestros actos causan emociones en las personas con las que nos relacionamos. Es decir, se trata de ser conscientes de las implicaciones que conllevan los vínculos entre las personas, sea el tipo de relación que sea, con la finalidad de evitar daños emocionales.

La psicóloga Silvia Álava nos explica que “es muy importante educar afectivamente a nuestros hijos y nuestras hijas para que sean responsables de lo que ellos provocan en las personas. No se trata de responsabilizarles de cosas que no les corresponden, sino entender que todos nosotros generamos emociones en los demás en función de lo que hacemos, de lo que decimos, de cómo nos comportamos…“. Además, añade que “tenemos que enseñar a los niños desde bien pequeños que, tú, tal y como te comportas, provocas emociones en los demás, y hay que ser consecuentes y también conscientes de las emociones que provocamos”.

Como os adelantábamos al principio, el ghosting sería un claro ejemplo de falta de responsabilidad afectiva, pues la persona que la lleva a cabo no tiene en cuenta que, al establecer lazos con alguien, ha causado también emociones y, en lugar de asumir esta responsabilidad, ha optado por huir.

Seguramente se os ocurran miles de ejemplos que denotan esta carencia de responsabilidad afectiva -que, además, implican una gran falta de empatía o incapacidad de gestión emocional, entre otras- y, probablemente, no queráis que vuestros hijos e hijas tengan este tipo de comportamientos ni ahora ni en el futuro con las relaciones que forjen. Pero… ¿sabéis qué? La buena noticia es que podemos entrenar esta habilidad en ellos.

Claves para educar en la responsabilidad afectiva

La psicóloga Silvia Álava nos da una serie de consejos para educar a nuestros hijos e hijas en la responsabilidad afectiva que podemos resumir en tres bloques:

1. Gestión emocional

“Es muy importante que aprendan a reconocer las propias emociones, cómo se sienten ellos y cuál es la causa de esa emoción, que muchas veces va a tener que ver con lo que alguien nos ha hecho o dicho y cómo nosotros lo hemos interpretado”, explica la psicóloga.

Así pues, Silvia añade que “se trataría de hacerles ver, por ejemplo, que cuando tú has hecho esto concreto, yo me he sentido muy orgullosa de ti. O, sin embargo, cuando me has insultado, me he puesto triste. Entender en todo momento que, en función de lo que hacen, así hacen que los demás se sientan”.

Pero, ¡ojo! “Tampoco hay que caer en el extremo de hacerles responsables de las emociones de los demás, porque no lo son, luego cada persona tiene que gestionar sus propias emociones. Pero sí que vayan entendiendo que su comportamiento, lo que dicen, lo que hacen… todo eso provoca emociones en los demás”, aclara Silvia Álava.

2. Clima de confianza

Para ayudar a nuestros hijos en su gestión emocional y, por lo tanto, educarles en la responsabilidad afectiva, es imprescindible crear un clima de confianza que invite a compartir lo que sentimos todos los miembros de la familia.

Como explica Silvia Álava, “tenemos que crear un clima de confianza donde podamos hablar de las emociones y de cómo nos estamos sintiendo, porque es muy difícil que hablemos de esa parte afectiva si no creamos un clima donde se pueda hablar”. Por ejemplo, “ahora que estamos más en casa, ¿por qué no aprovechamos para cenar sin pantallas precisamente para que podamos hablar de cómo nos sentimos? Otro momento buenísimo para hablar con ellos es cuando se van a la cama y se relajan, es un buen momento para que nos cuenten cómo se sienten”.

3. El ejemplo

Como en todas las facetas de la educación, el ejemplo que les demos nosotros es fundamental. Silvia nos recuerda que “no podemos olvidarnos nunca de que nosotros también tenemos que decir cómo nos sentimos, somos su principal modelo a seguir, no les podemos exigir que nos cuenten cómo se sienten y que sean afectivos si nosotros no lo somos”.

“¡Cuidado!”, nos advierte la psicóloga. “Decirles la emoción que sentimos no es contarles nuestras preocupaciones de adulto, en absoluto. Hay que preservar la infancia”. “Y también tenemos que darles muestras de afecto, lo que no está reñido con ser unos padres que pongan normas, límites, etc. Los niños no solamente necesitan que les digamos que les queremos, que es fundamental, también tienen que sentirlo, y para sentirlo hacen falta esas muestras de afecto”.

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