Una mirada pedagógica

Para educar, hace falta tener una mirada que vea más allá de lo aparente, de lo superficial. Una mirada llena de amor, con el corazón, una mirada que va directa a la esencia de tu hijo y ve virtudes en potencia (perseverancia) donde otros ven defectos (tozudez).

Los padres hacemos mucho bien cuando acompañamos, empoderamos y ayudamos a crecer a nuestros hijos. Me refiero a crecer como la persona en la que se están convirtiendo o se van a convertir. Para ello se necesita una mirada perspicaz que ve más allá de lo aparente, de lo superficial. Una mirada llena de amor, con el corazón, una mirada que va directa a la esencia de tu hijo. Ya decía El Principito que lo esencial, lo verdaderamente importante es solo visible a los ojos del corazón.

Me refiero a esa mirada llena de amor y al tiempo incisiva, penetrante que te lleva a lo más profundo. Cuando sabemos polarizar y ver que “lo que en un principio llamaríamos defecto” es una virtud en potencia que se está expresando en su polo opuesto porque tu hijo la vive desde un estado de necesidad emocional o mental. Lo que para algunos sería un defecto puede ser visto como la semilla de un don.

 

Así, cuando tu hijo partiendo de la necesidad de autoafirmarse se comporta tozudamente podemos ver, por ejemplo, la perseverancia en potencia. Con esta perspicacia tomamos consciencia de su carencia para satisfacerla y, empoderándole podemos ayudarle a que convierta esa tozudez en perseverancia. Tan sólo dándole la vuelta, cambiando la etiqueta negativa en positiva estamos obrando un proceso de alquimia. Ya que, cuando cambiamos la mirada cambiamos  a su vez la actitud y, entonces, cambiamos también nuestro comportamiento.

Hace un tiempo, mi hijo mayor empezó a discutir con su padre. Aquel estudiante de medicina, éste con muchos años de profesión de médico. Los puntos de vista eran dispares y aquel encontronazo acabó de la peor de las maneras, es decir, faltándole el respeto a mi marido. Estaba muy disgustada con mi hijo “¿Por qué es tan osado? ¿Por qué es tan tozudo? Siempre queriendo tener razón, siempre queriendo demostrar que es él el que sabe más”.

Aparte de la necesidad de autoafirmarse como “aprendiz de médico” ante sus padres y las malas formas a la hora de exponer su criterio, esa conducta, en realidad, dejaba traslucir muchas cualidades de mi hijo, es decir, muchas semillas brotando con fuerza: Sus ganas de cuestionar las opiniones de los demás, su espíritu crítico, tener criterio propio… Reconocerlas, o sea, ver más allá, no me iba a impedir corregirle pero si me ayudó a enseñarle que todas esas cosas buenas tenía que canalizarlas, mostrarlas de otro modo para no desvirtuarlas totalmente. (Mi hijo es un adulto aunque todavía nos necesita): “Me siento orgullosa por todo lo que has aprendido, veo que tu esfuerzo está ahí. Me gusta que tengas criterio propio, que cuestiones todo, que tengas la valentía de dar tu opinión de las cosas y, todo esto, quiero que lo hagas sin faltar el respeto a los demás y respetando también las opiniones contrarias”.

Mi hijo, que esperaba una bronca, me sonrió. Vi cómo le agradó que le valorara incluso cuando no había estado a la altura, él sabía que no lo había hecho bien. “Mamá, os debo una disculpa. Lo siento mucho papá. Soy consciente de que pierdo la razón actuando así y voy a esforzarme en dar mi opinión de otra forma, respetando a los demás”.

Imagen: Mother and Son. Fuente: BlueSkyz Studios/Flickr

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María Ángeles Jové Pons

Soy experta en coaching para padres y para la maternidad, formada en la Escuela Europea de Coaching. Co-fundadora de Coaching para Padres AEIOU (http://www.coachingpadresaeiou.com/). He sido profesora universitaria. Algunos de sus libros: “Educar es emocionar”.

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