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Rafa Guerrero: “Venimos al mundo con un cerebro inmaduro. El papel de madres y padres es estimular el de nuestros hijos para que se desenvuelvan con normalidad”.

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Muchísimos niños, adolescentes y adultos presentan dificultades y trastornos que derivan de un mal funcionamiento de la parte ejecutiva del cerebro (la que se encarga de la planificación de tareas, concentración, regulación emocional…). Hablamos de trastornos como el TDAH, la dislexia, problemas de conducta…

Por suerte, esta zona del cerebro puede ser estimulada y entrenada, consiguiendo un mejor desempeño.

Pero, ¿quién debe estimular esta parte del cerebro? Somos los adultos, sus padres, educadores… los que tenemos que realizar esta tarea. Hablamos de esto con Rafa Guerrero, psicólogo, experto en TDAH, trastornos de aprendizaje y de la conducta, que acaba de publicar el libro ‘Cómo estimular el cerebro del niño: 100 ejercicios para potenciar la concentración, la memoria y otras funciones ejecutivas’, editado por Editorial Sentir.

Rafa, ¿qué ocurriría si las madres y padres no estimulásemos el cerebro de nuestros hijos?

Para responder a esa pregunta primero hablaré de la importancia de estimular el cerebro de cualquier persona. No debemos olvidar que somos mamíferos, y que el mamífero cuando nace viene con un conjunto de reflejos, pero sin ningún tipo de conexión a nivel neuronal. Es decir, nacemos con un cerebro inmaduro. Por tanto, es la familia donde nace ese niño la que tiene el papel de conseguir que el cerebro se desarrolle de una manera sana. Es decir, llegamos a este mundo con un cerebro que es como una tabula rasa, está sin desarrollar, y tardamos en torno a 22-24 años en conseguir que el cerebro alcance su máximo desarrollo. Si tenemos en cuenta que para poder desenvolvernos con normalidad en nuestro día a día necesitamos que nuestro cerebro esté desarrollado, su importancia es capital.

En el libro describes cuatro zonas del cerebro, tú te centras en la estimulación de la parte ejecutiva del cerebro, ¿por qué es esta parte tan importante?

El motivo principal es que es la zona que más se aprende, es decir, las otras tres zonas son estructuras del cerebro que en buena parte ya vienen desarrolladas desde antes del nacimiento. Por ejemplo, la zona que corresponde al cerebro reptiliano se encarga de la supervivencia. Esta maquinaria ya está funcionando cuando nacemos porque cualquier animal tiende a sobrevivir. Sin embargo, la parte ejecutiva del cerebro se va desarrollando con el aprendizaje al cabo de los años y, se acaba de desarrollar plenamente cuando tenemos 22-24 años. Por eso, esa es la parte que más debemos estimular. En resumen, no necesito enseñarle a un niño a sobrevivir, porque es algo instintivo, pero si debemos enseñar a nuestros hijos a planificarse, a regular sus emociones, a concentrarse…

En el libro, para que entendamos la importancia de esta parte del cerebro la comparas con el papel de un director de orquesta…

La metáfora del director de orquesta establece un paralelismo entre cómo funciona el cerebro y cómo funciona una orquesta. Por ejemplo, para que la banda sonora de Star Wars suene tan bien, tan importe son los distintos músicos que participan tocando su instrumento, como el director de orquesta, que es quién coordina a todos. Lo mismo ocurre en el cerebro. Tan importante que es el cerebro reptiliano, el emocional y el racional funciones de la manera adecuada, como que todo sea coordinado por el cerebro ejecutivo. Y aquí todos son importantes, no podemos prescindir de ninguno.

Hablas de los juegos de mesa como instrumentos fundamentales para estimular la parte ejecutiva del cerebro, es decir. Sin embargo los niños cada vez juegan menos a juegos de mesa… ¿Esta afectando esto al desarrollo a esta parte del cerebro?

Seguro. Hay determinados juegos a los que nosotros jugábamos mucho cuando eramos pequeños a los que hoy en día no se juega. Pero no solo juegos de mesa. También hemos dejado de jugar a la comba, al escondite. Y por centrarme en el escondite, este juego tiene unas propiedades extraordinarias: la capacidad de esconderme donde yo creo que no me van a encontrar, la capacidad de aguantar en silencio durante unos minutos, la capacidad de ponerme en la cabeza de quién va a buscarme para no esconderme donde creo que él va a buscar, el frustarme porque me encuentran… Por no hablar del parchís, la oca… El hecho de que este tipo de juegos vaya en desuso y aumente el uso de las nuevas tecnologías tiene un impacto negativo en el desarrollo del cerebro ejecutivo.

El videojuego, en cambio, vive en la inmediatez. El niño tiene la oportunidad de darle al botón de reset y volver a empezar a jugar si, por lo que sea, en los primeros minutos le han metido dos goles y no quiere empezar ya el partido con esa desventaja en el marcador. Sin embargo, en la vida no existe este botón. Pero en el escondite no tienes esa opción, si te pilllan te la ligas. No estamos, por tanto, inculcando a nuestros hijos la tolerancia a la frustración cuando las cosas no salen como tú quieres, saber esperar… Y ojo, no consiste en que impidamos a nuestros hijos jugar a videojuegos, sino de que seamos conscientes de todo lo que nos aportan los juegos de mesa.

Rafa, pero es que la sociedad es así, no se nos permite la espera, se premia la inmediatez. Lo queremos todos ya.

Exacto. El otro día leí un estudio que decía que los jóvenes de hoy en día requieren de 5 o 6 estímulos a la vez porque es lo que sus cerebros han vivido. Nosotros estábamos acostumbrados a focalizarnos en un solo estímulo, y si nos ponen 2 o 3 nos saturamos. Ellos, por el contrario, están acostumbrados a estar estudiando a la vez que reciben mensajes de Whatsapp, a la vez que escuchan música…. Entonces, están acostumbrados a un nivel de exigencia alto. Pero esto no quiere decir que sean capaces de hacer las 5 cosas a la vez. Su cerebro es el mismo que el nuestro. Entonces, ¿qué pasa? Pues que el rendimiento es más bajo.

Decía Catherin L’Ecuyer en una ponencia en Gestionando hijos que si bien antes el enemigo a batir era la infraestimulación del cerebro de los niños, ahora el enemigo es la sobrestimulación. ¿Cómo podemos saber los padres donde está el límite?

El cerebro del mamífero viene con una necesidad, la necesidad de ser suficientemente estimulado. ¿Qué quiere decir suficientemente? Pues que no podemos quedarnos cortos, pero que tampoco podemos pasarnos. Para llevar esto a la práctica diré que debemos esperar a que el cerebro esté lo suficientemente preparado para esta estimulación. A nadie se le ocurre darle las llaves de un coche a un chaval con doce años, pero sí se nos ocurre hacer esto con las nuevas tecnologías (móviles, pantallas, televisión…). Hay padres que enchufan a sus hijos. Necesitan llegar del trabajo, hacer cosas en casa, y sueltan a los niños delante de una pantalla. Las consecuencias de esto son terribles.

¿Qué tipo de actos convertimos en normales o cotidianos y no lo son?

Por ejemplo, el tiempo de exposición a las pantallas. Nos excedemos. Y la edad a la que permitimos esta exposición. La Asociación Americana de Pediatría dice que hasta los 2 años 0 pantallas (incluye la televisión), y yo soy partidario de aumentar la edad hasta los 6 años. Cero pantallas no implica que en un momento puntual no puedas enseñar a un niño una foto en el móvil o ver con él un vídeo que nos ha enviado la abuela. Estamos hablando de cosas puntuales. Por otra parte, es muy importante que los niños aprendan a frustrarse, aprendan a esperar… Y, generalmente, tendemos a solventarlo con un mecanismo más exterior que interior. Es decir, en vez de permitirles que lloren porque no quieren esperar a que acabemos de comer en un restaurante para irse a jugar a la calle, intentamos solventar esta situación empleando recursos externos, por ejemplo, entreteniéndoles con una tableta o con cualquier cosa que haga que no se frustren. Y esto es algo que está muy normalizado.

¿Qué deberíamos hacer en este caso, Rafa, cuando nuestro hijo se pone a llorar porque se aburre en un restaurante?

Hablar con él, ponernos a su altura y legitimar su emoción. Decirle que entendemos que esté aburrido, triste… pero que ahora mismo no podemos ir a jugar, que iremos luego. De esta forma, él mismo aprenderá, con sus recursos internos y ayudado por nosotros, a calmarse y a esperar. Si en lugar de esto le damos la tableta, su cerebro inmaduro aprende que cada vez que tenga una emoción desagradable, lo que tiene que hacer es recurrir a un recurso externo. Y en el mundo adulto esto podría ser el consumo de drogas. Ante un problema interno, tiro de un elemento externo para calmarme. Por tanto, mamá y papá debemos enseñar a nuestros hijos a tirar de elementos internos para calmarse, y no recurrir a los externos.

María Dotor

María Dotor

Periodista
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