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Diario de un confinamiento con niños 15: Despedirse sin decir adiós

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Escribo estas palabras sin ser todavía del todo consciente de los acontecimientos que han ido ocurriendo durante las últimas semanas. Hace unos días nos comunicaron la terrible noticia: mi padre había fallecido a causa del coronavirus. Una luz de nuestras vidas se apagaba para siempre.

Cuando me llamaron del hospital sentí un pinchazo en el corazón que se extendió rápidamente por todo el cuerpo. Sabíamos que iba a llegar la llamada en algún momento, aunque una pequeña llama de esperanza me motivaba a seguir rogando a la suerte. Pero la suerte, esta vez, no nos escuchó.

Había imaginado en muchas ocasiones cómo sería el momento en el que mi padre, quien ha sido mi mayor apoyo durante toda mi vida, pasara a “mejor vida”. Pensaba en lo duro que sería, en cuánto notaríamos su falta… Pero ni con toda la imaginación del mundo hubiera podido sospechar que ocurriría de esta forma.

Lo peor de todo no es hacer frente al dolor que siento, sino tener que verlo reflejado en los ojos de mis hijos. Pensar que no volveré a ver a mi padre, pero que ellos no volverán a ver nunca más a su querido abuelo, al que idolatraban. No he visto nunca amor más puro que el que profesaba él cuando les sostenía entre sus brazos, cuando les acariciaba con sus manos -esas manos que mostraban una vida entera de trabajo -, cuando les miraba con esos ojitos de eres lo mejor que me ha ocurrido nunca y aparecían esas tiernas arrugas alrededor de su mirada. Él me enseñó, nos enseñó a todos, cómo se quería de verdad.

Esta herida está abierta, y no solo por el poco tiempo que ha transcurrido, sino por la rapidez en que se ha producido, el vacío que nos ha dejado y el adiós que nunca pudimos decirle. Por los días que nos quedamos en casa deseando poder tomar su mano, como hacía él, y decirle que no pasa nada, que todo va a salir bien. Por todas las palabras bonitas que nos hubiera gustado que escuchara en sus últimos momentos, palabras que ahora retumban en nuestras cabezas y no nos dejan conciliar el sueño.

Ayer por la tarde decidimos hacer en casa un pequeño acto de despedida. Recogimos las fotos que había por la casa, nos reunimos alrededor de la mesa del comedor (que tantas veces nos ha visto disfrutar de las espectaculares comilonas que preparaba mi padre) y leímos cada uno una carta que habíamos escrito con todo lo que nos hubiera gustado decirle, con todo el amor que somos capaces de sentir.

Lloramos. Lloramos mucho. Y cada lágrima se encargó de depurar un poquito de esa culpa injustificada que sentíamos por no haber podido acompañarlo en su último aliento, pero que todavía sigue ahogando.

Y hoy nos hemos levantado con otro humor. No nos engañemos, el dolor sigue ahí, pero parece que el nudo en el estómago se ha aflojado ligeramente y nos ha dado un poco de tregua. Mi hijo, el pequeño, me ha dicho que esta noche ha soñado con él, que iban juntos a dar un paseo por el Retiro y hacía un día estupendo, “porque el sol sonreía, mami”. No he podido resistirme y le he dado un abrazo, de esos que son verdadera medicina para el ánimo.

“No te preocupes, cariño, que cuando todo esto acabe volveremos a salir, iremos a dar un largo paseo por el Retiro y recordaremos al abuelo como a él le hubiera gustado. El sol volverá a sonreír, te lo prometo”.

Cuéntanos tu historia y así elaboraremos todos juntos un diario de confinamiento con niños en el que podamos compartir nuestro día a día. Escríbenos a: info@gestionandohijos.com.

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