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Escenas educativas vol. 8: “Mi hijo me ha enseñado a escuchar de verdad”

Hoy Sandra nos cuenta cómo gracias a su hijo Pablo ha descubierto que escuchar es algo que va mucho más allá de captar un sonido: mirar a la cara, poner atención en lo que el otro nos cuenta, conectar con la emoción que transmite y no tener prisa en que se acabe la conversación, en dar opinión o en poner soluciones.

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Hoy Sandra nos cuenta cómo gracias a su hijo Pablo ha descubierto que escuchar es algo que va mucho más allá de captar un sonido: se trata de mirar a la cara, poner atención en lo que el otro nos cuenta, conectar con la emoción que transmite y no tener prisa en que se acabe la conversación. Ya sabéis que si queréis contarnos vuestra historia podéis mandarla a autores@gestionandohijos.com

Admiro la inteligencia emocional de mi hijo de cinco años. A decir verdad, no sé de dónde la habrá sacado. A menudo, cuando me enfado mucho por alguna de las travesuras que comete con su hermana, mientras se parten de risa, me dice: “Cálmate, mamá” o me recuerda “Siempre dices que lo más importante es la sonrisa, y estamos sonriendo”. Hace un par de semanas, mientras yo estaba preparando la cena, como si fuera el último empujón, el sprint final del maratón que es el día a día, Pablo vino a la cocina a contarme algo que a él le parecía muy importante. Reconozco que pensé: “¡Qué pesado!, ¿no ve que estoy haciendo la cena, que son las ocho de la tarde y que dentro de un rato tienen que estar en la cama?”. Así que seguí con mi atención puesta en la cocina mientras él me iba contando su asunto y yo apenas oía lo que iba diciendo. De repente, paró en seco su relato. Y a mí me llevó un tiempo darme cuenta de que había parado. Me di la vuelta para mirarlo y me soltó. muy serio e indignado: “¡No me estabas escuchando!”. Yo empecé a justificarme, otra vez con la mirada puesta en la cocina, pues temía que se me quemara la cena: “Sí que te estaba escuchando un poco”. Al momento me arrepentí de haber soltado esta frase típica de contestador automático. Y claro, mi hijo se enfadó aún más: “¡Mamá! No se puede escuchar un poco, o escuchas o no”. Me cogió de la mano para que me girara hacia él  y me tiró del brazo hasta que me agaché a su altura: “Yo cuando quiero escuchar miro a los ojos”. Menuda lección me estaba dando. Pero yo seguía preocupada por mi cena: “Claro, cariño, es que estoy cocinando y si no estoy pendiente de la cena se puede quemar. ¿Por qué no me lo cuentas luego, cuando estemos tranquilos cenando?”. “Muy bien, trato hecho”, me soltó contento y se fue a jugar.

Mientras terminaba de hacer la cena reparé en las muchas ocasiones en que la escena había sido muy parecida: yo con prisas por llegar a los sitios, por acabar la cena, por meterlos en la cama, por levantarlos de la cama y ellos contando cosas que apenas recuerdo (y creo que eso es una prueba de que no les estaba escuchando). Así que mientras cenamos, me senté a su lado, le miré a los ojos y me puse a escuchar su historia sin nada más en la cabeza, sin prisas por que acabaran la cena, sin prisas por acostarlos y, ¡más difícil todavía!, sin prisas por dar mi opinión o por resolver el problema que me estaba contando, simplemente guiada por el placer de escuchar sus cosas. Y la verdad, sentí que hacía mucho tiempo que  no conversaba con calma. Ahora, cada vez que me quieren contar algo, si no puedo escuchar, les digo que en un ratito podremos hablar. Y cuando escucho escucho de verdad. Como me enseñó mi hijo de cinco años.


Imagen: Mamá e hijo. Fuente: Pedro Reyna/Flickr

 

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