Cambiamos el nombre de la serie, de “Educación de andar por casa” a “Escenas educativas”, pero el objetivo es el mismo: compartir vuestras experiencias educativas, momentos en los que aprendisteis algo de vuestros hijos o en los que realizasteis una buena práctica que queráis compartir. En esta ocasión, Lucía nos cuenta cómo su hija Manuela le enseñó que debía confiar en su criterio a la hora de diferenciar lo que es juego de lo que no lo es. Si quieres contar tu historia, escríbenos a autores@gestionandohijos.com.
He estado viendo la ponencia de Carmen Cabestany sobre el acoso escolar. Y he escuchado con atención cuando la experta dice que en la etapa de la escuela infantil los educadores han de estar muy atentos para diferenciar lo que es un juego de lo que es otra cosa. La verdad es que, según mi experiencia, a veces no solo los adultos no los diferenciamos, sino que justificamos conductas que están lejos de ser acoso, pero sí son molestas o agresivas, diciendo que son juegos o cosas de niños, incluso menospreciando el punto de vista del niño molestado. En esta misma trampa caí yo hasta que mi hija Manuela me sacó de ahí y desde entonces creo que es una trampa tremendamente peligrosa.
Estábamos en un parque con unos amigos y sus hijos. Yo enseguida me puse a hablar con las mamás y los papás, nos llevamos muy bien y siempre es muy divertido. Los niños se pusieron a jugar, armaban bastante barullo y se reían muchísimo (las carcajadas de mi hija son escandalosas) y les dejamos hacer. Al poco rato, mi hija Manuela vino muy enfadada diciendo que mientras estaban jugando a pillarse los unos a los otros, uno de los amigos le había tirado al suelo y le había estado arrastrando. Primero me extrañó porque dos minutos antes le estaba escuchando partirse de risa. Y cometí un gran error, porque le dije, de un modo despreocupado y con ganas de retomar cuanto antes la conversación con mis amigos: “Pero si hace nada estabas riéndote, lo habrá hecho jugando y sin querer”. Y otras madres también trataron de tranquilizarla con frases como: “Es que son niños, ya sabes cómo son los chicos, juegan siempre a lo bruto”. Manuela, que imagino que habría venido a mí buscando consuelo y comprensión, no se esperaba este menosprecio a su visión ni esa lección sobre la diferencia de género y sobre lo que es jugar a lo bruto así que, muy indignada, se dispuso a darnos una lección a nosotras: “¿A ti te divertiría que te tiraran y arrastraran por el suelo? ¿Tú crees que eso es un juego? Ya sé que a lo mejor a ellos les gusta, pero a mí no, y se lo he dicho y no han parado. Para mí esto no es un juego”. Muy digna, mi hija se puso a jugar entonces con una bebé que estaba en el parque, como buscando refugio tras vivir dos situaciones desagradables: la habían arrastrado por el suelo y habían menospreciado su criterio. Y la verdad, ahora pienso que este es uno de los grandes errores que podemos cometer padres y madres: hacerles desconfiar de su propio criterio, poner en duda gratuitamente y de forma sistemática su visión de sus propias experiencias (y no quiero que creáis que estoy diciendo que hay que creerles siempre y no indagar, pero tampoco hay que soltarles siempre: “No es para tanto”). Es cierto que a veces lo hacemos creyendo que así evitaremos que sufran, como cuando les decimos “¡si eso no es nada!”, para que se les olvide cuanto antes; otras veces será porque en ese momento no queremos profundizar en el tema, como me ocurrió a mí en esta escena que os cuento; otras veces será que queremos que nuestros hijos sean flexibles, que entiendan a la otra persona, que sean empáticos, como me pasa a mí casi siempre. Pero yo me pregunto: ¿podrán entender y escuchar el punto de vista del otro si no les hemos dejado entender o escuchar el suyo? Para reflexionar, ¿no os parece?