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Educar es todo

Frases prohibidas: “¿Cómo puede ser que no te guste? ¡Si a mí me encanta!”

Decimos que sobre gustos no hay nada escrito, pero para algunos sí hay algo escrito: la herencia familiar. Frente a la idea de que heredan nuestros gustos y nuestro camino, os invitamos a reflexionar sobre la necesidad de dejarles explorar y confiar en su criterio.

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A menudo creemos que por genética o educación nuestros hijos heredarán nuestros gustos. Y quizá movidos por los caminos que no terminamos de recorrer al tener su edad, hacemos que tomen ellos el relevo. Y si se revelan con un gusto muy diferente al nuestro, nos extrañamos, se lo reprochamos o se lo negamos. Damos así la vuelta a la frase: “Sobre gustos no hay nada escrito”, añadiendo: “salvo la herencia familiar”. Os invitamos a que les dejemos descubrir su propio camino y a confiar en su criterio. 

A Ana le habría encantado ser bailarina. Dio clases de ballet hasta que una lesión hizo imposible que siguiera por ese camino. Pero le encanta bailar, de hecho muchas veces no anda, sino que baila al ritmo de melodías que pone en la cadena de música o melodías que resuenan en su cabeza. Cuando se quedó embarazada, danzaba diciendo a su futuro bebé que cuando llegara al mundo bailarían juntos. Y así fue, cuando nació la pequeña Irene bailaba con ella en brazos y cuando llegó el momento de plantearse las extraescolares no hubo duda de que Irene asistiría a clases de danza. Aunque Irene en un primer momento se mostraba encantada con la actividad, pasaron un par de años e Irene comenzó a mostrar su desagrado por la actividad de danza. Con 6 años ya decía claramente que no quería ir. Ana, muy extrañada, habló con la profesora pensando que se debía a un conflicto con las compañeras, no podía ser que a Irene ya no le gustara la danza por la actividad en sí misma. Pero la profesora le informó de que la niña no tenía ningún conflicto, pero sí la notaba desmotivada y cansada. Ana, que no podía ver más allá de sus propios gustos, achacó esta desmotivación al cansancio por acostarse tarde y se propuso asegurar que la niña dormía al menos 10 horas para estar más descansada. La actitud de la niña ante la clase no mejoró y un día Ana le preguntó qué le pasaba con la clase de danza:

-No me gusta – le dijo la niña.- Es muy cansado y muy exigente. No quiero seguir yendo.

-Pero cómo no te va a gustar. ¡Si te encanta! ¡Si a mí me encanta!

Ana no escuchó del todo bien estas palabras, porque trasladó la opinión sobre la clase (“exigente”) a la profesora. Enseguida corrió a hablar con la mujer para pedirle que no fuera tan exigente con su hija. La profesora se quedó ojiplática, pero prometió ser más comprensiva con Irene. Como la cosa siguió sin mejorar y ahora Irene se negaba a entrar en clase, Ana pensó que sería una fase rebelde y trató de convencerla con pequeños premios si entraba en clase. “Ya se le pasará la mala racha y se dará cuenta de que ha nacido para la danza”, pensaba. Pero la fase se alargaba y los premios dejaron de funcionar. Un día los padres de Ana, con los que Irene tenía muchísima confianza y que solían quedarse con ella por las tardes, sacaron la conversación con su hija:

-Ana, el martes vimos a Irene llorando poco antes de la clase de danza en la habitación. Cuando tratamos de hablar con ella nos dijo que no quería ir más. Decía que ya estaba harta. Que no le gustaba, que prefería estar al aire libre y hacer deporte, que no le motivaba y que prefería jugar al baloncesto. Nos dijo que ya te lo había dicho pero no la habías escuchado – le dijo su padre con mucha calma.

-Hija, a Irene no le gusta la danza, te gusta a ti. Ya ha probado y no quiere seguir. Déjala que viva su vida, que se conozca y que confíe en su criterio–le dijo su madre. – Confía en ella.

¿Baloncesto? Ana no se lo podía creer. Se dio cuenta de que tenía una conversación pendiente con su hija y que necesitaba conocerla. Y conocer a su hija, apoyarla para explorar su propio camino, enseñarle a escuchar su propia voz interior y a confiar en ella (tal como nos propuso Álvaro Bilbao) le pareció la mejor melodía que podría bailar.


 

Imagen: Girl walking in the countryside. Fuente: Craig Dennis/Flickr.

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