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Educar es todo

Frases prohibidas: “Deja, que ya lo hago yo”

¿No es mejor entender que no hay nada más urgente e importante en este momento que fortalecer la confianza de tu hijo en sí mismo o de tu hija en sí misma?

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Volvemos este sábado con las frases prohibidas, con las que queremos hacer reflexionar sobre el efecto que estas frases que “nos salen”, como si educáramos a veces con el piloto automático, tienen en nuestros hijos e hijas y podrían tener en nosotros si alguien nos lo dijera.

Clara y Manuel tienen prisa. Deben llevar a su hija de tres años, Alba, al colegio e irse pitando al trabajo. Alba lleva un ratito intentando abrocharse la cremallera, aprendió hace unos días y le hace mucha ilusión saber hacer estas cosas por sí misma y ver cómo consigue que uno y otro lado del abrigo se unan gracias a ella, como si fuera una maga. Clara y Manuel se impacientan, van a llegar tarde. Empiezan a resoplar y a pensar: “No lo va a conseguir, aún no está preparada, tiene aún las manos torpes, qué manía de la profesora de la escuela con fomentar su autonomía, nos vamos a tirar aquí toda la mañana”. Entonces Manuel, muy impaciente y nervioso, le dice: “Alba, deja, que ya lo hago yo” y se les escapa, musitando: “Que tú no sabes”.  Alba se queda desilusionada. Ya no le parece tan divertido abrocharse el abrigo

Daniela y Mario son los padres de un niño de apenas año y medio, Mateo, que está aprendiendo a manejar la cuchara. Le encanta ver cómo la comida acaba en su boca y no le importa nada que se caiga un poco de comida en el camino. Pero hoy va a venir una tía de Daniela a visitarles y la casa está muy limpia y ordenada. Mateo está tomando un puré, pero como a su alrededor todo el mundo está muy nervioso, Mateo se contagia y la cuchara casi nunca llega a buen puerto. Daniela, que ve cómo el puré ha caído por la mesa, el suelo, la trona, y que quería que la casa estuviera impoluta cuando llegara su tía, que llamará al timbre de un momento a otro, le suelta: “Anda, deja, que ya lo hago yo, que estás poniendo todo perdido”. Mateo se pone a llorar y se tira al suelo muy enfadado. Y enseguida suena el timbre.

Cremallera. Carlos Josué Cano / Flickr
Cremallera. Carlos Josué Cano / Flickr

Sandra y Lucas tienen una hija ya bastante mayor, de 18 años. Ana acaba de sacarse el carnet de conducir y es la primera vez que conducirá el coche de sus padres. Van a ir en coche a la casa de los abuelos, que no está muy lejos. Incluso les han llamado a los abuelos para que bajen a la calle a ver cómo llegan a su casa en el coche, porque se van a llevar una sorpresa. Ana está nerviosa, claro, el coche de la autoescuela era muy diferente de este. Le ha costado bastante meter la llave, arrancarlo y ahora se dispone a meter la marcha. Pero de repente el coche se cala. Lucas, que va en el asiento de atrás, ha observado tantos intentos muy nervioso y ha pensado: “Va a estropear el coche, no sabe usarlo, no está preparada, vamos a llegar tarde”. Resoplando, sale del coche muy rápido, abre la puerta del conductor, y le dice a su hija: “Deja, que ya conduzco yo”. Ana se sienta cabizbaja en el asiento trasero que acaba de abandonar su padre y tarda mucho tiempo en volver a coger el coche, porque se ha puesto nerviosa y, tal como le ha dejado ver su padre, se siente poco preparada.

Maite Vallet, en su libro .Educar a niños y niñas de 0 a 6 años, nos cuenta: “Si en cada etapa de la vida enseñamos a los niños todo aquello que están preparados para aprender se sentirán dispuestos a aprender y encantados. Un niño de menos de un año disfrutará aprendiendo a comer él solo si le damos la oportunidad. Pero si como todavía no maneja bien los cubiertos no le permitimos que aprenda se le pasará el interés por aprender. Retrasar los aprendizajes los dificulta y complica. El niño al que le enseñan a valerse por sí mismo sabe que puede seguir avanzando con la ayuda de los adultos que le impulsan a crecer, a no depender.  Asume esfuerzos y disfruta de los aprendizajes, crece seguro. Siente su propio valor y va conociendo el de los demás. El niño al que le dan todo hecho no puede valerse por sí mismo, desconoce su propia capacidad y no valora la de los demás”.

 

Qué pasaría si te lo dijeran a ti

Imagina que estás intentando cocinar un verdadero manjar para tu familia. Te hace mucha ilusión cocinar esta vez y te has dispuesto a pasar una mañana especial en la cocina. Es una receta nueva que es la especialidad de tu vecino, al que llamas por teléfono para que te resuelva una duda. Tu vecino, con el que no tienes demasiada confianza, ante tu pregunta, te suelta: “Deja, que ya lo hago yo”, llama al timbre de tu casa y se pone a cocinar “tu” manjar. O en tu trabajo te asignan una tarea nueva que te hace mucha ilusión (por fin saldrás un poco de la rutina y tienes un reto) y al preguntar a la compañera que lleva haciendo muchos años esta tarea una pequeña duda, ella te dijera: “Deja, que ya lo hago yo”. ¿Cómo te sentirías? Seguro que pensarías que se han cargado la motivación e ilusión con las que emprendías estas nuevas aventuras. Y seguro que te sientes con menos confianza en ti mismo y que te han cuestionado. Probablemente sientas rabia hacia tu vecino y hacia tu compañera de trabajo. ¿Quieres hacer que tu hijo o hija se sienta así? ¿No es mejor explicarle que como tenéis prisa otro día lo intenta mejor, que seguro que lo consigue pero hace falta más tiempo? ¿No es mejor no tener prisa mientras intenta aprender cosas nuevas y entender que no hay nada más urgente e importante en este momento que fortalecer la confianza de tu hijo en sí mismo o de tu hija en sí misma?

Imagen de portada: Insights Unspoken Boy child meal eating spoon

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