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Frases prohibidas: “Qué bueno es tu hijo que no llora, no tiene rabietas y se queda quietecito”

Muchas veces decimos que un bebé es bueno porque no llora, o que una niña es buena porque no tiene rabietas. ¿No tendremos expectativas acerca del comportamiento de nuestros hijos que niegan su propia naturaleza? Reflexionamos sobre esto con la historia de Silvia y su pinchazo.
Mensajes detrás de un mal comportamiento
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Frases prohibidas: “Qué bueno es tu hijo que no llora, que no tiene rabietas o que se queda quietecito”

Muchas veces, decimos que un bebé es bueno porque no llora, o que un niño pequeño es bueno (por ejemplo, en el supermercado) porque se queda sentado en el carrito o va de la mano de sus padres sin explorar por aquí o por allá, que un niño en un restaurante es bueno porque come de todo y no se levanta de la mesa o que una niña de tres años es buena porque es muy dócil y apenas tiene rabietas. Pero, ¿son estos comportamientos naturales en un niño? ¿No estaremos esperando de ellos comportamientos que a veces no pueden tener?

Silvia es una niña de 4 años que va a ir a vacunarse y está nerviosa. Aunque Aurora, su madre, le ha explicado que no le van a dar más que un pinchacito, tiene bastante miedo. Aurora y Silvia van a la consulta de enfermería de una amiga suya, Flor, cuyo hijo, Hugo, tiene tres años y no protesta nunca cuando lo pinchan. Pero Silvia no es Hugo y está nerviosa, así que se escapa de la camilla mientras Flor prepara la jeringa, se esconde debajo de la mesa y corre para evitar ser pillada. Aurora está desesperada y le dice:

-Pero hija, ¿no puedes parar un segundo? ¿Por qué no te quieres portar bien, si no va a ser nada?

Flor, con algo más de maña, le enseña a la niña un muñequito que tiene enganchado en la solapa y le empieza a contar un cuento muy relajante. La niña, casi hipnotizada por la historia, no advierte que Flor le va a pinchar. Pero cuando nota el pinchazo llora, hasta que Flor la calma con otra de sus historias. En pocos segundos, todo ha pasado. Pero Aurora se siente abochornada por el numerito y le dice a su amiga:

-¡Claro, hija, es que tú tienes una suerte…! Porque Hugo es súper bueno, ni llora, se está quietecito, ni una rabieta te ha montado…

Flor, quizá con más perspectiva que la madre, le dice:

-¡Anda, Aurora, no digas eso! No es que Silvia no haya querido sentarse tranquilamente en la camilla a esperar pacientemente el pinchazo, no es que haya querido montarnos un numerito para llamar la atención. Es que no podía estar tranquila porque tenía miedo. Por aquí pasan muchos niños y me doy cuenta de que muchas veces les pedimos cosas que no pueden hacer y pensamos que no quieren. Un niño necesita llorar, necesita moverse, necesita tener rabietas… No son malos por hacer todo esto, son niños sanos. De hecho, a mí me preocupa que Hugo sea tan sumiso y tranquilín, ¡fíjate! Nunca llueve a gusto de todos.

En el genial libro Disciplina sin lágrimas, de Daniel J. Siegel y Tina Payne,  se habla de que muchas veces pensamos que los niños eligen “portarse mal” como si quisieran fastidiarnos, que no quieren portarse bien, pero es que a veces no pueden. En palabras de los autores, “es fácil olvidar que nuestros niños son solo eso, niños, y esperar conductas impropias de la capacidad derivada de su desarrollo (…). A veces damos por sentado que los niños no quieren comportarse de la manera que nosotros queremos, cuando en realidad simplemente no pueden, al menos en ese momento concreto. A decir verdad, una elevada proporción de malas conductas tienen más que ver con el ‘no puedo’ que con el ‘no quiero’“. Y mediante una historia de un padre que se quejaba de que su hijo sí sabía comportarse bien en muchas ocasiones, de modo que cuando lo hacía mal no era porque no pudiera tener una conducta adecuada, sino que no quería, Tina nos recuerda que, por esa regla de tres, cuando no tenemos paciencia o gritamos o nos equivocamos no es que no podamos tener más paciencia en ese momento, sino que no queremos tenerla. Interesante punto de vista, ¿verdad?

Si tenemos esto en cuenta seguro que nos quitamos muchas expectativas poco realistas de la cabeza, como la expectativa de que nuestro bebé no llore (y si llora es malo) o de que nuestro hijo no corra por los pasillos (y si lo hace es malo) o de que nuestra hija de tres años no tenga rabietas (y si las tiene, claro, es mala). Y dejamos de ver las conductas inapropiadas de nuestros hijos como un ataque personal (“ha elegido portarse así para fastidiarme”), un enfoque que sin duda multiplica la probabilidad de tener conflictos y estrés en la familia.

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