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Frases prohibidas: “¿Tú quién te has creído para hablarme así?”

Aunque la adolescencia es a veces complicada para padres y madres, es recomendable no dejarse llevar por la ola de falta de respeto que pueda inundarnos (tremendamente contagiosa) y es preferible recordar, como nos decía Eva Bach, que "Si te hablo bien, tú me hablas bien"

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Echábamos de menos las frases prohibidas, sobre las que queremos reflexionar sin ánimo de culpabilizar. Hoy queremos hablar de un momento complicado que se da en muchas relaciones, también entre padres e hijos, que es la escalada en las faltas de respeto. ¿Cómo podemos reaccionar si nuestro hijo nos falta el respeto?

Alejandra está totalmente en la edad del pavo. Tiene 16 años y es rebelde porque la adolescencia la ha hecho así. Quizá por el ánimo de pertenecer a un grupo o por el interés de “molar”, ha incorporado hace tiempo palabras muy gruesas a su vocabulario y las usa en cualquier ocasión y con distintos tonos. Ángela y Samuel, sus padres, sienten que han perdido a su niña buenecita para siempre. Como Alejandra ya es mayor, cuando sale del instituto llega a casa, come la comida que sus padres le han preparado y se pone a estudiar o a leer hasta que llega Samuel del trabajo. Un buen día, Samuel llega a casa y, como casi cada día, tiene que andar sorteando la mochila, los zapatos y el abrigo de su hija, todos ellos tirados por el suelo, hasta llegar al salón, donde se encuentra a su hija tumbada en el sofá viendo un programa de cotilleos en la tele. Samuel, que ya está harto de recordar a su hija que no le cuesta nada recoger sus cosas al llegar del instituto, no puede reprimirse y le suelta: “¿Pero qué es este desastre? ¿Por qué dejas todo tirado? Estoy hasta las narices de que pienses que somos tus sirvientes. A ver si de una vez dejas de ser una niña malcriada”. Alejandra, por toda respuesta, apaga la tele, abandona el salón y mientras va hacia su cuarto musita un: “Y yo estoy hasta las narices de tener unos padres tan estúpidos. Pues no haberme tenido, ¡no te jode!”. Samuel la ha oído perfectamente y no quiere dejar pasar la ocasión de manifestar a su hija que este tipo de expresiones son intolerables. Para a su hija en el camino hacia el dormitorio de la joven y le dice, con un tono más elevado que el de antes: “¿Pero tú quién te has creído para hablarme así? ¡Soy tu padre y merezco un respeto!”. Alejandra sortea a su padre en un regate que ya querrían efectuar algunas estrella de fútbol y se mete en su cuarto dando un portazo. Samuel, resignado y encendido, rojo de ira, se pone a recoger los enseres de su hija, que no sale de su cuarto en toda la tarde.

Es cierto que la rebeldía de la adolescencia no es fácil de gestionar. Pero nunca hay que perder de vista que predicamos con el ejemplo. Por eso, recordamos las palabras de Eva Bach en su ponencia sobre adolescencia:  “A veces decimos “A mí no me chilles” chillando, es típico. Para contrarrestar esto, deberíamos decir: “Si yo te hablo bien, tú me hablas bien”. Los adolescentes lo entienden muy bien. Cuando nosotros apostamos por una comunicación respetuosa pero empezamos por exigirnos y por comprometernos a ese propio respeto nosotros mismos, son muy nobles, generosos y muy inteligentes y entonces responden”. Nadie puede decir que Samuel haya apostado desde el principio por una comunicación respetuosa, ¿no os parece? Es cierto que Alejandra debería recoger sus cosas y que debería entender de una vez por todas que sus padres no tienen que hacerlo. Pero hay maneras de abordar el tema mucho más asertivas o respetuosas, como decirle, tras haberle saludado y preguntado por el día: “Alejandra, veo tus cosas tiradas por el suelo y no me gusta. Por favor, recógelas ya para que tu mochila verde no se ponga mágicamente negra y no se mate tu anciano padre”. Recurrir al humor, como nos contaba Carles Capdevila, es también una buena manera de educar y aliviar tensiones.

¿Qué pasaría si te lo dijeran a ti?

Imagínate que estás en una reunión con un jefe muy autoritario y estáis analizando con el equipo los resultados de un informe. El jefe os está echando una bronca tremenda porque habéis implementado mal una propuesta suya, diciendo que sois una panda de inútiles y de vagos. Su tono de voz es claramente desagradable y te está sacando de quicio. De modo que, sin poder reprimirte, sueltas: “Es que su propuesta era una basura, con eso no podíamos hacer nada mejor”. Se hace un silencio tremendamente incómodo en la reunión y el jefe se pone frenético: “¿Pero tú quién te has creído para hablar así a tu jefe?”, Claro, tú, mientras quizá desees rebobinar o que te trague la tierra, no puedes evitar pensar que el que empezó con las faltas de respeto ha sido tu jefe y que tú te crees una persona merecedora del mismo respeto que merece tu jefe. Mientras tanto, quizás lamentas haberte dejado llevar por la ola del desprecio que ha levantado tu jefe y que tú has sabido muy bien (o muy mal, según se mire) acompañar.

Quizá Alejandra, cuando su padre le lanzó la pregunta retórica de “¿Quién te crees que eres?” también quiso responder: “Me creo una persona merecedora de respeto”. Que no se nos olvide esta gran frase de Peggy O’ Mara: “Ten cuidado con el modo en el que hablas a tus hijos. Un día, esa forma de hablar se convertirá en su voz interior”. 

Imagen: Counselling/Pixabay.

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