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Esta frase me quedó grabada tras leer el post “Mamá, hoy estás contenta…”  de Planeta Mamy y me sirve hoy para traer algunas reflexiones. El día a día muchas veces nos sobrepasa y lamentable aunque comprensiblemente podemos hacernos y hacer mucho daño a las personitas que más queremos. Y, precisamente por eso, porque las amamos y son importantes para nosotros hemos de tomar conciencia y replantearnos ciertas cosas.

Cuando “juzgo” que lo que ocurre no debería ocurrir ¡Y está pasando delante de mis narices! Llego tarde, la cocina parece un campo de batalla, ¡Horror! veo una mancha en la chaqueta, me faltan horas de sueño y suena ¡”hasta con música”! la misma cantinela de todas las mañanas: “¡Ha empezado ella!”…. Entonces,  sale lo peor de mí.

La alternativa es PARAR Y RESPIRAR. ¡Qué paradoja cuando PARAR se convierte en un atajo! Sí, en el camino más corto para llegar a ser la mamá que queremos ser, imperfecta aunque la mejor para nuestros hijos.

Parar, respirar y conectar con el momento presente aceptándolo sin juicio. ¡Casi nada, ¿Verdad?! Entonces es cuando con recelo y, por qué no decirlo, un poco de cabreo PIENSAS “Unas palabras preciosas, yo también he oído hablar de esa cosa del mindfulness pero eso… ¿Sirve pa´algo?”

 

No digo que sea fácil. Requiere un duro aprendizaje. Un ejercicio de constancia, consciencia, autoconocimiento y sobre todo de gobierno de uno mismo. De dejar atrás el ruido de nuestra mente, esa historia o diálogo interno que me desconecta del aquí y me separa del ahora, que enturbia y contamina la realidad de este preciso momento con mis juicios, interpretaciones, valoraciones…

¿Qué puede ayudarte a hacer ese “click”?

1) Dedica unos instantes a recordar con curiosidad quién es tu hijo/a, intenta imaginar un mundo visto por sus ojos, es decir, desde su punto de vista desprendiéndote del tuyo.

Estáis preparados a punto de salir de casa y tu hijo de tres años tiene pipí. ¡Lleva puesto hasta el abrigo y la bufanda! Los adultos podemos comprender tu malestar.  Tu peque no alcanzará a entender tu disgusto.

“¿Es malo tener pipí? ¿Mamá se ha enfadado? ¡Ayer se puso súper contenta cuando le dije que tenía pipí! No entiendo por qué unas veces se pone contenta y otras no le gusta nada que le pida ir al baño. Es que no sé muy bien cuándo puedo aguantarme y cuándo se me va a escapar”. 

2) Imagina durante unos minutos cómo te ve y cómo te escucha.

¿Hace que quieras modificar la manera en la que te diriges? ¿Con qué palabras? ¿Cambiarías la forma en la que estás siendo con él o ella? ¿Le hablarías de otro modo? ¿Le sonreirías más?

Me viene ahora a la cabeza una pregunta que me hacían mis hijos con mucha frecuencia cuando eran pequeños, “Mamá, ¿estás enfadada? ¿Te pasa algo?” Me pregunto ahora ¿Qué verían en la expresión de mi cara? ¿Era consciente de mi impacto?  

3) Dedica unos minutos a ser consciente de las expectativas que tienes depositadas en tu hijo/hija. ¿Es lo que más te ayuda? ¿Son las que más le convienen? ¿Corresponden a tus necesidades o a las de tu hijo? ¿Son simplemente REALES?

4) Practica ver a tu hijo tal como es. Acepta y acógelo amorosa y generosamente como el niño de tres, de nueve o de siete años que es. ¿Qué tal si pruebas a pensar en tu hijo/hija como alguien perfecto y completo tal como es en ese preciso instante?

No es nada fácil en determinados momentos aunque tiene su recompensa cuando logras disfrutar viendo cómo tu peque se ata los zapatos, ni más ni menos, con la habilidad propia de un niño de su edad. ¡Es un regalo! Además está siendo un maestro para ti, te está enseñando paciencia, generosidad y gestión del tiempo.

Aún así, puedes sentir que no sabes qué hacer, qué decir, cómo actuar…

Observa la totalidad del momento y simplemente puedes no hacer nada.

Aprender a convivir con esta tensión es una carrera de fondo. Mantener la calma (no hacer ni decir nada) puede salvarnos de aquellos segundos que lo cambian todo, que giran “un momento” y lo tornan oscuro.

El mejor regalo para tus hijos eres tú. Y dispones de este preciso momento, del ahora, para demostrárselo.  


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