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Sin envolver

A pocas horas de la Noche de Reyes, María Soto nos regala un relato que subraya la importancia de los recuerdos que brindamos a nuestros hijos, verdaderos presentes sin envolver.

A pocas horas de la Noche de Reyes, María Soto nos regala un relato que subraya la importancia de los recuerdos que brindamos a nuestros hijos, verdaderos presentes sin envolver. 

No es que fuera una molestia, pero un “trágame tierra” muy grande se le pasó por la cabeza cuando la cara de su madre apareció estática a la vez que parpadeante en la pantalla de su móvil.

No es que no quisiera coger el teléfono….pero lo cierto es que no estaba preparada para atender esa llamada.
Estaba ocupada, cansada, y un poco distraída. No se veía con fuerzas para consolar a la mujer más fuerte del mundo.
“¿Yo? ¿A mí? Se habrá equivocado. Luego la llamo”
Siguió preparando el presupuesto y se olvidó de todo.
Llegó a casa y, para su sorpresa, no había nadie. Entonces recordó la llamada y empezó a inquietarse. “¿Habrá pasado algo?” pensó
Vació el bolso en el suelo (sabía que no encontraría el móvil de otra manera ) y llamó a su madre.
“¿Mamá dónde estás? ¿Todo bien?”
“Hola, Reina, si, bueno…no tengo mucha cobertura. Ahora no puedo hablar. Te veo luego”
Había estado llorando. Lo sabía porque no la reconocía en aquella voz. Nunca antes había escuchado esa distancia en sus palabras. 


Elena se quedó a esperarla en su cama mientras terminaba de preparar trabajo para el día siguiente y sin poder remediarlo se quedó dormida hasta que una mano fría en la frente la despertó horas después.
“Vete a tu cama, Reina, aquí no estás cómoda”
“¿Mamá dónde estabas? ¿Qué pasa? ¿Necesitas hablar?”
“Si hija, necesito hablar con ella. Lo necesito muchísimo pero ya no está. He estado ordenando sus cosas para donarlas a la ONG de tu prima. Siento haber llegado tan tarde. Venga, vete a tu cama y descansa que mañana tienes trabajo”


A Elena se le despertó un dolor nuevo en el pecho. Diferente a todo.
Perder a su abuela la había entristecido, pero ver en su madre la expresión de la indefensión acababa de partirla en dos.

“Mamá…sé que echas de menos a la abuela, pero ella ahora ya no sufre”
“Si hija, tenía que irse…….. ¡¡¡Ma-ña-na ma-dru-gas!!! ¡Venga! ¡A la cama!”

Elena se fue a dormir bastante triste por su madre, pero con la rutina y los quehaceres diarios las dos siguieron con su vida y no volvieron a hablar de aquella noche.

Al año siguiente por las mismas fechas Elena volvió a recibir y no contestar la misma llamada con la imagen estática a la par que parpadeante de su madre y al llegar a casa esa noche, se la encontró pensativa en el sofá, con una caja de zapatos sobre las rodillas…

“Ay, Mamá, es que estaba en una reunión y luego se me pasó llamarte… ¿Qué tal el día?”

“Mira, ven.”

Su madre, sin levantar la vista de una foto en blanco y negro que sujetaba como si fuera a romperse la imagen, dio dos toquecitos al sofá invitándola a sentarse a su lado.

“Aquí estábamos de camino a la Ermita de San Miguel y el abuelo nos puso en fila para sacarnos una foto…¡Mira a la tía Sole qué cara! Jajajajaja”
Elena nunca había visto esas fotos y no reconocía a su madre en ellas.
“¿Cual eras tú, Mamá?”
“¡¡Soy la enana en brazos de la abuela!! ¡Mira qué guapísima! Y qué tipazo ¿eh? Has heredado su pelo, ¿ves?”
“Qué guapa…”
“Mira, aún recuerdo ese día. Me caí jugando con la pelota y me hice una herida en el brazo… Como no me calmaba, la abuela me dibujó una historia en una servilleta. No dibujaba bien pero recuerdo que mientras iba contándomela, la pintaba con una pluma del abuelo y el papel absorbía la tinta, entonces quedó un borrón sin forma que me hizo reír muchísimo. Lo pasamos bien”.

Con mucho más cuidado aún sacó la servilleta de un sobre.
“Mira el borrón” le dijo con los ojos humedecidos.
Elena no podía decir nada porque tenía un nudo en la garganta que la enmudecía, así que apartó la mirada y cogió nerviosa la caja del regazo de su madre para ver lo que había en ella.
“Ten cuidado, Reina. Son todos los regalos que me hizo tu abuela. Te dejo que investigues. Voy a hacer la cena”


Cuando se quedó sola vació todo el contenido de la caja sobre la mesa del comedor para examinarlo con calma: Había un retal de tela de flores con el nombre “Carmen” bordado dos veces. Uno de los nombres había sido bordado por alguien que sabía hacerlo, y el otro, sin duda, por alguien inexperto. También había una cuartilla recortada con la mano, con una lista de la compra escrita por un lado “Maicena, Azúcar, huevos, un limón”,  y por el otro un dibujo muy mal hecho de una señora con un pastel en la mano. Encontró un billete de tren del año 1966, de Madrid a La Coruña, con un perro dibujado al dorso y una foto de un grupo de niñas bañándose en el mar con una frase por detrás: “Primer día de playa”.
Un lápiz de labios rojo muy gastado. Un botón en forma de margarita. Una revista de crucigramas destrozada. Una cajita de madera con un papel dentro que decía “Besos de repuesto”…
Le desconcertó un sobre con un montón de trozos de papel doblados y recortados en formas extrañas con números escritos en lápiz. Los desdobló y descubrió en uno de ellos una inscripción “Patrón Vestido  Novia Carmela”.
Su madre nunca le había contado que su abuela le había hecho el traje de novia y con esos trozos de recuerdos amarillentos se las imaginó rodeadas de telas y alfileres, diseñando, cortando, cosiendo y compartiendo momentos de impaciencia e ilusión juntas.

Elena fue a la cocina y se encontró a su madre haciendo un pastel de limón.
“¿Mamá cuéntame qué es todo esto?”
“Ya te lo he dicho, hija….son todos los regalos que me hizo mi madre. Me los dio sin envolver.
No hizo falta”

………

Todos queremos ver la cara de ilusión de nuestros hijos en las fiestas Navideñas, pero pensemos en todos los regalos sin envolver que podemos darles cada día. No olvidemos que en su caja de tesoros sólo van a caber recuerdos.

María Soto

( A mi madre, a mi abuela y a mi hija)

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María Soto

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