¿Les das ‘chuches cerebrales’ a tus hijos? Te contamos por qué no debemos hacerlo

Los 'chutes' enfocados hacia el resultado de sus acciones, en lugar de hacia el proceso, no deberían marcar la educación de nuestros hijos, tal y como nos cuenta Rafa Guerrero.

Quizá es la primera vez que escuchas hablar del término ‘chuche cerebral’. Como recientemente reveló Isabel Cuesta, especializada en disciplina positiva, se trata de aquellas dosis de dopamina que suministramos a nuestros hijos en forma de alabanzas y elogios constantes. Esos ‘muy bien’ que acaban convirtiéndose en su única motivación para hacer las cosas. Esos premios y logros que, a largo plazo, les generan una escasa autoestima porque solamente se motivan a través de las opiniones y complacencias de los demás.

Por eso, estos ‘chutes’ enfocados hacia el resultado de sus acciones, en lugar de hacia el proceso, no deberían marcar la educación de nuestros hijos. Pero, ¿por dónde empezamos para alentar en lugar de elogiar?

Los ‘chutes’ enfocados hacia el resultado de sus acciones, en lugar de hacia el proceso, no deberían marcar la educación de nuestros hijos

El psicólogo Rafa Guerrero, experto en neurociencia y en el desarrollo del cerebro infantil, asegura que no es fácil. “Salir al 100% de un sistema de premios, castigos y refuerzos constantes es complicado. Es difícil ser aséptico y no poder expresar nuestras emociones ante las acciones de nuestros hijos, pero tenemos que aprender a diferenciar entre el proceso y el resultado. Todo el sistema educativo y la sociedad en general están enfocados hacia el logro, hacia los objetivos, y lo que tenemos que inculcar a nuestros hijos es el valoro del disfrute, de la perseverancia, en definitiva de la motivación intrínseca (la que parte de cada uno y no la extrínseca o procedente de los demás)“.

Sin embargo, los padres y madres de hoy en día tenemos un gran reto por delante: somos la generación bisagra que viene de un modelo en el que las emociones no se han colocado en el lugar que corresponde. “Tenemos la oportunidad de transformar esa educación y alumbrar esas emociones que han estado sumidas en la oscuridad. Pero para ello tenemos que asumir cuáles la educación que hemos recibido y cómo ha sido nuestra infancia. A partir de ahí podremos ser conscientes de que somos vulnerables y no perfectos, de lo que queremos cambiar y de que eso cuesta, por lo que a lo mejor no lo conseguimos”.

 

¿Cómo lo hacemos?

Según Rafa Guerrero, hay varias claves que podemos seguir para construir poco a poco estos valores y fomentar una buena autoestima que no se base en complacer constantemente a los demás, sino en la conexión con sus propias emociones y en la motivación intrínseca.

  • Aunque es imposible hacer desaparecer por completo los premios y castigos, hemos de comenzar a sustituirlos por las consecuencias
  • Poniendo nombre a sus emociones y no diciéndoles constantemente lo que hacen bien y lo que hacen mal (y sobre todo cómo se deben sentir)
  • Poniendo límites
  • Fomentando su autonomía (es decir, no programarles como una máquina que recoge constantemente nuestras instrucciones)
  • No chantajeándoles ni con la comida ni las emociones de los adultos (“si no comes la abuela se va a poner triste”, por ejemplo)

Poco a poco, conseguiremos dejar a un lado la ‘chuche cerebral’ y sus recompensas inmediatas para construir, en su lugar, una educación basada en valores.

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Lara Fernández

Periodista especializada en Educación y maestra de Educación infantil

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