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Amaya de Miguel: “Si nuestros hijos pudieran evitar tener esas reacciones explosivas, lo harían”

La mentora nos da pautas, en un webinar gratuito, para que podamos afrontar una situación de explosión emocional de nuestros hijos y así ayudarles a gestionarlo

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Tengan la edad que tengan, nuestros hijos en ocasiones tienen reacciones emocionales muy fuertes, a veces incluso con una descarga de violencia hacia sí mismos o hacia los demás. Hay que tener en cuenta que sus cerebros no son flexibles y eso les lleva a explotar. Pero, ¿qué podemos hacer nosotros tanto para manejar esas situaciones como para ayudarles a gestionar tales conductas? La mentora Amaya de Miguel lo tiene claro. En un webinar reciente nos explicó qué cosas podemos y cuáles no debemos hacer como madres y padres. En este artículo te desgranamos algunas de esas recomendaciones.

 

 

En primer lugar, Amaya nos aconseja no etiquetar a nuestros hijos. “No debemos decir que son niños explosivos, porque no siempre es así, hay momentos o situaciones que les hacen explotar. Deberíamos acostumbrarnos a utilizar el ‘a veces’, ‘frecuentemente, ‘a menudo, ‘ en ocasiones’, mucho más que el ‘siempre’. Es fundamental no caer en las etiquetas“, explica.

“Deberíamos acostumbrarnos a utilizar el ‘a veces’, ‘frecuentemente, ‘a menudo, ‘ en ocasiones’, mucho más que el ‘siempre”, Amaya de Miguel

En este sentido, los padres y madres hemos de hacer un ejercicio de reflexión para detectar ese patrón que les desencadena el desbordamiento emocional. “No se trata de juzgar, sino de analizar, y si somos capaces de descubrir ese patrón y de identificarlo, nos será más fácil transmitírselo”.  Para ello nos ofrece varias situaciones que a buen seguro podemos identificar a menudo cuando nuestros hijos explotan:

  • Expectativa no cumplida, aunque se trate de algo bueno (esperaban algo que luego no es lo que pensaban exactamente).
  • Recibir un no (por mucha dulzura que haya).
  • Cambios de situaciones (meterse en la ducha, cenar en lugar de jugar…).
  • Cuando están cansados
  • Cuando algo les estresa
  • Situaciones desagradables
  • Cuando se aburren

Seguro que algunas de estas circunstancias nos suenan a los adultos, pues también nos supone una reacción, aunque en nuestro caso tenemos el cerebro más desarrollado y somos capaces de asumir de una manera más flexible esa modificación. “Nuestra misión como padres es comprender ese gran malestar que les domina y que tienen dentro, y que les lleva a expresarlo así porque no saben expresarlo de otro modo. En esos momentos no saben hacerlo de otra manera. Tienen un tsunami o terremoto dentro y explotan y se expresan con el cuerpo o con grandes palabras. Luego tienen una gran sensación de culpa. Pero esto les pasa porque no son dueños de la parte racional de su cabeza”, nos traslada Amaya de Miguel, quien incide en la importancia de saber que nuestros hijos “no eligen tener esas conductas y reacciones desmesuradas“.

 

“Nuestra misión como padres es comprender ese gran malestar que les domina y que tienen dentro, y que les lleva a expresarlo así porque no saben expresarlo de otro modo”, Amaya de Miguel

¿Y qué podemos hacer en esos momentos?

 

Para esta mentora, existen dos caminos. Uno, que es la reacción instintiva automática, es decir, “ataco también o me defiendo. Y es cuando acabamos insultándole, pegándole o castigándole mientras le decimos eso de ‘piensa en cómo te sentirías  si te hago yo lo mismo’. Esto lo que hace es agrandar el malestar dentro de tu hijo. Antes él estaba mal, ahora está fatal. Y acaba siendo desgastante para todos. Además, luego nos vamos a la cama reprochándonos que nos hemos pasado con nuestro hijo”, señala.

Hay otro camino: el de rebajar la hostilidad, la dificultad y el malestar haciendo la pelota más pequeña, siendo las personas que les explicamos lo que les pasa y que les damos herramientas para salir de ahí. “La mala noticia”, añade Amaya, “es que esto tiene que ver con la madurez y el proceso es de años, no es de días, o meses. Pero hay que acompañarles esos años para que su vida y la tuya no sea más dura y no podrán adquirir la inteligencia emocional cuando sen adultos”.

¿Y si nuestro hijo ya es adolescente? Lo que sugiere Amaya que hagamos, entonces, es, si es que opta por la violencia en esas explosiones, pedir ayuda para ambos, para el padre/madre y para el hijo/hija.

“Nuestro hijo no es nuestro enemigo. No lo convirtamos en tal, porque es, al contrario, la criatura que más queremos del mundo”, Amaya de Miguel

Pautas a seguir

 

Es importante recordar, en estos momentos, que nuestro hijo “no es nuestro enemigo. No lo convirtamos en tal, porque es, al contrario, la criatura que más queremos del mundo”. 

  1. La pauta principal es saber que, si nuestros hijos pudieran evitar reaccionar así, lo harían, porque nadie quiere pasarlo tan mal voluntariamente. “En lugar de optar por el castigo podemos optar por el abrazo, aunque a algunos niños esto no les funciona. Así que trataremos de enseñarles lo que les ocurre, trabajando desde la inteligencia emocional (que es algo que tenemos que tener nosotros como adulto). Les nombramos lo que les está pasando y les recordamos el patrón (por ejemplo, ‘todos los días en la bañera tienes 100 enfados, tendremos que quedarnos con ellos aunque al final acabamos pasándolo mal’…). Y después de eso tenemos que darles una vía alternativa: que en vez de pegarnos lo hagan con el cojín, o que escriban, o que salten o que nos digan lo que les pasa con palabras… “, matiza Amaya de Miguel.
  2. También ayuda darles conexión y tener muchos ratos de encuentro con ellos. Estos niños que explotan con frecuencia se sienten muy mal y muchos tienen la autoestima débil, porque ven que a su alrededor generan situaciones duras y que dicen cosas duras a la gente que quieren. Son conscientes de su fuerza destructiva y no les gusta. Precisamente es a estos niños, según esta mentora, a los que más hay que decírselo, en lugar de machacarlos.
  3. Otra alternativa es invitarles a proyectarse en el futuro con confianza. “Hemos de hacerles ver que tienen una dificultad, no que son un problema”, prosigue, “y decirles ‘yo sé que esto se te va a ir pasando’. Cada vez que veamos una pequeña mejoría hay que hacérselo saber, dales la enhorabuena y aceptar que tendrán enfados, pero no de manera agresiva”. 
  4. Por último, mirarnos mucho a nosotros mismos. “Si en casa hay un clima de tensión, estrés, gritos, deberes, actividades extraescolares, si nos relacionamos solo con ‘haz, te he dicho…’ esta tensión se acumula y tiene que salir por algún lado y lo hará con nosotros, que somos el refugio seguro. Si los padres tenemos actitudes hostiles y hay una nube negra, nuestro hijo estará en una nube negra porque quienes creamos el clima de una familia somos los adultos. Tenemos que conseguir que ese clima sea de armonía aunque haya conflicto, pero que se respire no una nube gris sino un cielo, a veces nublado, a veces soleado”, concluye Amaya, no sin antes recordarnos que debemos ser un buen modelo, sin tensión, porque eso es lo que nuestro hijo va a absorber.

“Hemos de hacer ver a nuestros hijos que tienen una dificultad, no que ellos mismos son un problema”, Amaya de Miguel

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