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Educar es todo

De 6 a 12 años

Historia de Juan

Juan tiene 11 años y está empezando a mostrar una actitud un poco negativa. Siempre ha sido un niño tranquilo y bueno, solía obedecer, hacer los deberes, era ordenado, etc. Todo lo que se podía esperar de un niño de 11 años.

Ahora parece siempre enfadado, sobre todo cuando sus padres se dirigen a él. Su actitud es tan desafiante que ha llegado a decir: “ ¡no me da la gana!” alguna vez su madre le ha pedido que apague la televisión. Nunca antes lo había hecho. Sus padres sienten que está construyendo un muro a su alrededor y se está transformando en un jovencito contestón y poco accesible. Lleva la contraria en todo momento y, aunque haya algo que le guste, si son sus padres los que lo proponen, se niega.

La semana pasada fue a casa de un amigo y entre los dos decidieron que querían ir a atletismo juntos. Cuando sus padres le fueron a buscar les dijo que quería cambiar de deporte y ellos le dijeron que no había problema. En ese momento él volvió a parecer el niño tranquilo y agradable que siempre fue. Les ayudó a recoger la compra y se fue solo a hacer los deberes.
Sus padres se dieron cuenta que siempre había ido a fútbol, pero que nunca le había gustado practicar este deporte. Le apuntaron en 1º de primaria y, aunque a veces quiso dejarlo, nunca se lo permitieron.

Los días siguientes los padres de Juan empezaron a abrir la mano en ciertas cosas que saben que él puede decidir solo. Juan responde mostrándose tranquilo, agradecido y mucho más conectado con ellos.

Ese era el problema, avanzar con él dejándole escoger, responsabilizarse y motivarse con sus propias decisiones.

Otro ejemplo de búsqueda de poder sería cualquier actitud que nos hiciera sentir desafiados: portazos, aspavientos, malas contestaciones…

A esta edad este tipo de conductas pueden ser frecuentes y si no hemos dado el paso de confiar en ellos y en sus decisiones, nuestros hijos van a empezar a pedir paso sin importar si es adecuado o no.

Para nosotros, como padres, no es el objetivo mandarles o ser autoritarios, pero tras varios años encargándonos de que nos hagan caso, pueden haber percibido que eso es lo único importante.

Cuando un niño lleva mucho tiempo muy controlado, puede sentirse asfixiado y expresar esa sensación de una manera inadecuada, haciéndonos sentir desafiados, porque quiere derribar nuestra autoridad. Ha crecido pensando que los baches o problemas son pequeñas batallas que ganar, en lugar de oportunidades para buscar soluciones.

Quizás nunca nadie le ha preguntado: “¿tú qué harías?” o “¿cómo quieres hacer esto?”. Por miedo a perder autoridad o una posición de superioridad, los adultos que le rodean pueden haber pasado por alto, sin darse cuenta, que Juan va creciendo y va necesitando ser partícipe de las cosas que le pasan. Si no puede decidir algo, por lo menos que le pregunten, que le tengan en cuenta escuchando cómo se siente o cómo afrontaría él esa situación.

Necesitan sentir que nos importan más ellos que las cosas que tienen que hacer, o cómo tienen que hacerlas. Podemos darles la responsabilidad de elaborar las normas con nosotros, que ellos pongan límites adecuados a su edad. Los niños están mucho más dispuestos a seguir normas que ellos mismos han ayudado a establecer. El poder ya no es lo importante, la atención está solamente en lo que hay que hacer, no de dónde viene esa norma. Porque la hemos puesto entre todos, hablándola con calma, sintiéndonos parte de la familia. Que vayan decidiendo, dentro de límites razonables, todo lo que puedan. Es liberador para nosotros y muy motivante para ellos.

Ejemplos: “¿Qué podemos hacer si la habitación está desordenada?”
“Vamos a hacer juntos un menú, ¿qué dos días cenamos pescado?”

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