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Educar es todo

De 3 a 6 años

Historia de Carlos

Carlos está encantado en su escuela. Ya está acabando su segundo año en infantil y se lo pasa en grande. Desde el primer día fue encantado y siempre le llevaba su madre, pero desde hace una semana es su padre quien lo lleva y lo recoge.

Esta noche su madre, como cada noche, se ha sentado en la cama a leerle un cuento y Carlos le ha dicho de muy malas formas: “¡tú no, quiero cuento con papá!”. No había pasado nada, pero su madre se sintió fatal. Ella le preguntó cuál era el problema y él volvió a decirle muy nervioso: ”¡tú no!”. Su madre, a punto de castigarle por la forma en la que le había hablado, salió de la habitación. Le había hecho sentir muy mal y no sabía por qué actuaba de ese modo. Su padre le leyó el cuento esa noche y durante toda la semana.

En la fiesta de fin de curso la profesora le explicó a la madre de Carlos que desde que le llevaba su padre, Carlos hacía algo que nunca había hecho, empujaba a sus amigos si tenían cualquier problemilla. No le había preocupado, pero sí llamado la atención.
Comentando un poco más le dijo que el primer día que ella faltó Carlos había llorado mucho durante la primera hora y eso tampoco lo había hecho nunca.
Los padres de Carlos entendieron que ese: “tú no” significaba muchas cosas, se sentía traicionado por mamá, dolido. Debido a ello y a no recibir comprensión por esa actitud, lo volcaba con sus compañeros.

Carlos y sus padres han hablado y han decidido que si algo les molesta van a intentar hablarlo, ellos estarán pendientes si alguna vez les busca de ese modo.

Muchas veces nuestros hijos actúan sin aparente motivo de una forma hiriente u ofensiva. A veces se les ve especialmente enfadados con una sola persona y otras veces es un actitud general.
Si nuestros hijos tratan de hacernos daño, significa que por algún motivo, están dolidos. Puede que tenga que ver con nosotros o no, quizás ni recuerdan qué ha pasado, solo recuerdan la sensación de malestar, el dolor. Al no ser capaz de compartirlo, lo proyectan. “Todos os vais a sentir mal, como yo”.

Dentro de esta creencia equivocada caben infinidad de conductas, desde insultar, ignorar a hacer burla, gritar… Todo aquello que nos decepcione o nos ofenda será un síntoma de su malestar.

Actúan así porque no tienen otra forma de acercarse a nosotros, es un mecanismo para transmitir su malestar. Aún no saben muy bien cómo se sienten y qué pueden hacer para estar mejor, así que buscan conectarse con los demás a través de ese dolor. Son malas conductas si sólo nos quedamos en la superficie, si profundizamos veremos que ese comportamiento nos puede ayudar a ver más de cerca cómo va creciendo nuestro hijo, las cosas que le frustran o los posibles peligros.

Si el adulto de referencia no está emocionalmente disponible para ser un apoyo, el niño seguirá sintiéndose mal y continuará con su dolor hasta que alguien le comprenda o, desgraciadamente, le castigue. Si desde muy pequeños por cada niño que daña, en lugar de castigarle, hiciéramos algo para intentar comprenderle y ayudarle, ¿Cómo cambiaría la sociedad?

Si fuéramos capaces de recibir ese mal comportamiento como una señal de su necesidad, seríamos capaces de no ofendernos y tramitarlo desde la comprensión y el apoyo, ofreciéndole pistas sobre cómo puede compartir su dolor en próximas ocasiones.

“Has dicho algo feo a mamá, ¿estás triste?”
“¿Te sientes mal? Puedes contármelo si quieres”.
En esos momentos lo mejor es acompañar sin anular esa tristeza o dolor. Puede que diga o haga cosas inapropiadas, pero si les hacemos pagar por ellas, en vez de entenderlos podemos empeorar el problema.

Podemos validar sus sentimientos en ese momento, hablar de cómo podemos canalizar la rabia, la frustración o la tristeza para que cuando aparezcan no lo utilicemos en contra de los demás, sino para buscar ayuda. No se trata de averiguar qué ha pasado en el momento, sino de ser para ellos un apoyo en sus malos momentos. Cuando nos sintamos todos mejor, seguro que podremos hablar sobre lo que ha pasado.

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